Dieta de verano

Leyendo hace unos días uno de esos múltiples suplementos sobre dietética, gastronomía, nutrición y salud, con los que los periódicos cubren su oferta estival de fin se semana, descubrí  las reflexiones de un médico francés en torno a los alimentos a los que los especialistas en dietas sanas han colocado en la lista de los malditos. Son tantos y abarcan tal cantidad de territorios nutrientes que, en realidad, queda muy poco para llevarse a la boca que, según la apreciación de los expertos en la materia, pueda considerarse fuera de peligros. Por otra parte y a medida que los usuarios vamos cumpliendo años, los alimentos recomendables se van  reduciendo porque los organismos a los que van destinados están más expuestos a los achaques y, por supuesto, mucho peor defendidos. Cuando no es el corazón, son las grasas, el colesterol, la hipertensión o la diabetes. Cuando no es el hígado, es el sedentarismo, la abulia o la paulatina descalcificación de los huesos. Cuando no es la próstata es el tabaquismo, el exceso de hidratos de carbono o la falta de sueño. En definitiva, que los viejos, si queremos sobrevivir dignamente y evitar el peliagudo abanico de peligros que nos amenaza en la mesa, no podemos en realidad tomar ni una triste cerveza.
El médico francés que escribía aquel artículo se hacía cargo de este drama y trataba de paliarlo con el máximo  cariño posible, recomendando no dramatizar hasta la extenuación el ejercicio de llevarse viandas a la boca. En algunos casos, decía él, el azúcar está contraindicado pero no es necesario ni siquiera saludable romper con el azúcar y no volver a probarlo en la vida.
De algo hay que morir digo yo, y a estas alturas de la película cualquiera sabe. Uno le echa el ojo al jamón serrano y toma de la bandeja una porción mínima no vaya a ser que su textura excesivamente salada dispare la tensión y la grasa de la pieza tapone las arterias a cada loncha que uno ingiere. Ojo con las carnes rojas. Ni se te ocurra que eso colesterol inyectado directamente en vena. Ojo con los helados, cuidado con los calamares fritos, huye del chocolate como de la peste, y ni una cerveza y  mucho menos un vaso de vino…
Pues Dios bendiga a esos médicos comprensivos como el francés que hacen la vista razonablemente gorda. De algo habrá que morirse, repito.