Días de fiesta

Las fiestas populares masivas y a menudo dotadas de un componente muy potente de desinhibición  que caracteriza a las que se celebran durante el verano no acaban de entrarme a mí por el ojo derecho, y ni siquiera lo hicieron cuando era más joven y por tanto más marchoso, en edad de merecer e irrefrenablemente atraído por la cosa del sexo. Yo siento cierta angustia en los episodios de multitudes y huyo de ellos siempre temeroso de que se produzca alguna desgracia que me pille de por medio, y hace unos días hable con mi hermana que me puso en antecedentes del despliegue acontecido en el ámbito capitalino coincidiendo con el Orgullo Gay que puso la capital patas arriba. Por mi parte no puedo decir otra cosa que lo de siempre. Somos un país pendular que nunca tenemos término medio. Hemos pasado de tratar a los homosexuales a cachiporrazo limpio, perseguirlos, tirarlos al pilón y humillarlos salvajemente,  a convertirlos en los más adorados, los más celebrados y los más grandes. Qué falta nos hace encontrar el equilibrio y cuanto ganaríamos con ello. Pero a lo mejor, si lo obtenemos, nos convertimos en daneses. Y tampoco es eso.


Uno de los grandes hitos de las fiestas populares de ámbito veraniego son las de San Fermín, que coinciden precisamente con la precipitada huida de los pamploneses de toda la vida hacia destinos más tranquilos dejando la ciudad en manos de los de fuera. Alguna vez he escrito sobre mi experiencia en estas celebraciones que hacen de Pamplona  un punto neurálgico mundial para lo bueno y también para lo malo. Para lo más malo habría que añadir, porque ni experiencia me dice que una ciudad tradicionalmente sensata y civilizada como he visto pocas, cuando suena el primer chupinazo pierde literalmente la cabeza y lo mejor que se puede decir es que más vale que uno vaya con tiento. Las celebraciones en las que corre  el vino o la cerveza a ritmo de catarata son celebraciones en las que, cuando menos, es aconsejable nadar y guardar la ropa, no tentar a la suerte y procurar salir indemne del evento. San Fermín es uno de ellos, en los que nadie está libre de pasar un mal trago aunque no sea el único. Los hay que se caracterizan por ascender una montaña en masa llevando a hombros toneladas y toneladas de vino con las que, ya en la cima, se riegan y se entrompan miles de romeros. El problema es que, empapados de morapio por dentro y por fuera, han de afrontar el viaje de vuelta. Se baja dando traspiés, rodando, en camilla… Esta España ancestral y silvestre me pone del nervio.