Derrota sin fisuras

Derrota sin fisuras

Como estaba previsto salvo que se produjera un milagro, el Barcelona cayó ante la Juve en un partido de vuelta en el que los azulgranas tan solo tiraron una vez entre los tres palos. Una semana antes, un equipo como el italiano –cuyo problema no es precisamente recibir goles sino marcarlos- le hizo tres caracoles a este Barça pretencioso que se quedó muy conforme con el resultado del sorteo sospechando que se había quitado de encima al más temible del lote. Resultó que el campeón de Italia fue muy superior y el Barcelona firmó una doble actuación triste y decepcionante. Tan triste que no marcó un solo gol en los dos partidos, apenas creo peligro y mostró los rigores de un equipo venido a menos entrenado además por un sujeto que se cree mejor y más chulo que nadie. 
Pero probablemente lo más sorprendente de este sonado fracaso no está en la manera en la que el Barcelona ha sido vencido por la Juve sino en la repuesta que ha merecido en el entorno azulgrana semejante derrota. La procesión probablemente irá por dentro, pero a los ojos de un observador cualquiera, el fiasco de la Champions  tanto a la directiva del club como a su equipo técnico, a los portavoces de los jugadores, a la prensa que los adula sin descanso y a la afición culé apenas les ha importado y de  los labios de ese entorno no ha salido una mínima y necesaria autocrítica, una reflexión sincera que pondere la raíz de la debacle, un acto de contrición necesario y el reconocimiento de que se ha vivido en la utopía y en la complacencia más absoluta durante este tiempo. Una autocomplacencia culpable incrementada con carácter exponencial desde el ficticio partido contra el PSG que dio en llamarse la “remontada”. Aquello fue un episodio de ciencia ficción alentado por la fortuna, un enemigo cobarde y aterrado, un conjunto de afortunadas carambolas y un árbitro complaciente y afable que seguramente no volverá a arbitrar un partido de Champions. 
Nadie en el entorno culé se ha parado a reflexionar sobre este completo desastre seguramente porque las cartas están así repartidas y el que disienta y se muestre crítico y analítico puede ser procesado por desleal. Como ocurre con el nacionalismo catalán, la militancia azulgrana no admite disidencias y el que las comete es un indeseable y debe ser castigado. Ahora queda el Bernabéu. Una victoria en  Madrid haría olvidar este triste y reciente pasado. Allá ellos…