De la necesidad, virtud

De la necesidad, virtud

No es necesario ser analista políticos –se lleva mucho ahora serlo y aparecer bajo este epígrafe en las tertulias de televisión- y ni siquiera hace falta ser cronista parlamentario para comprende que Mariano Rajoy hace siempre de la necesidad, virtud. También en este caso en el que se ha visto obligado a batirse durante horas en el Congreso antes de dejarlo todo atado y bien atado para  marcharse de vacaciones a su tierra porque las veladas tranquilas paladeando un buen licor y echándose a los labios  un veguero les esperan en Sanxenxo y ya va siendo tiempo.
Todo el que se haya asomado con el ojo de halcón a los debates de la Moción de Censura propuesta por Podemos ha podido comprender dónde está emboscada la mirada socarrona del gallego. Iglesias no lo es y ha caído como un pinzo porque no hay muchos en este mundo capaces de remansar el caldo y servirlo a su xeito como lo hace Rajoy por muy complicado que tenga el servicio. Rajoy guiña los ojos, observa el campo y juega.
En este caso, y apelando a esa maldita habilidad que tiene como hemos dicho para hacer de la necesidad virtud, ha planteado la cita en el Congreso como un duelo a disputar entre los suyos y Podemos. Ha elevado a Iglesias a la categoría de jefe de la Oposición y ha planteado con él un debate a falsa cara de perro. Mariano es listo y sabe que de este modo cumple dos funciones. Condena a la categoría de figurante al dividido PSOE que se sienta enfrente, y se busca un rival parlamentario del que calcula que está previamente y por sus propias carencias, completamente desactivado. Iglesias es para Rajoy un chico apasionado pero en modo alguno peligroso, y la moción de censura no escondía en su planteamiento trampa alguna, de modo que a Rajoy le preocupaba poco. Estaba condenada a fracasar pero Rajoy supo desde el principio que podía hacer de ella un instrumento mucho más comprometido para el PSOE que para el PP. Por eso salió del escaño y por eso procuró conducir el debate hacia un cara a cara entre él mismo e Iglesias. Para acabar de darle la razón, allí estuvo una sobreactuada Irene Montero que sucumbió presa de los nervios y de los deseos de quedar bien y que apeló a la Historia y algún que otro desliz cometió en esta faena.
Rajoy hace de gallego incluso cuando se está quieto. O sobre todo entonces.