Crónica de un final anunciado

Crónica de un final anunciado

Con Ángel María Villar en la cárcel, el escenario que presenta la Real Federación Española de Fútbol es simplemente caótico. Sin embargo  nada de lo que ocurra en esa casa podría sorprendernos ni siquiera a los que vivimos en una completa ignorancia de lo que se ha ido sucediendo en ella. Tengo amigos periodistas deportivos, algunos en activo todavía, y no conozco a ninguno de ellos a los que haya tomado por sorpresa el desenlace. Es el acto final de casi treinta años de gestión omnipresente y omnipotente y lo que ocurre depende de  este hecho sorprendente. No sé de muchos cargos que superen el cuarto de siglo instalados en el sillón principal y sospecho que una situación como la que Villar ha protagonizado no tenía otra opción que acabar como ha acabado: en tragedia. Cuentan las crónicas que  la Federación es un hervidero de posiciones a favor y en contra del ex presidente hoy encarcelado, y que ambas posturas comienzan a adquirir caracteres irreconciliables como corresponde a un periodo que ha sucedido a otro tan largo, tan ancho y tan incomprensible que, por primera vez en la historia federativa española, un sujeto llamado Ángel María Villar –ex futbolista del Athletic de Bilbao y veintidos veces internacional- ha ostentado un poder absoluto desde que sustituyó a José Luis Roca en la cúpula de nuestro fútbol.
He escuchado el espeso discurso de Juan Luis Larrea,  presidente interino,  un personaje tan eterno en las dependencias de la Real Federación como el propio presidente del que, ya en el estrado, hizo un encendido y pasional elogio. Larrea es un villarista convencido y leal hasta la huesa que, sin embargo, debería callarse y no tomar tan escandaloso partido aunque sea simplemente por un necesario principio de asepsia. Su jefe  ha ingresado en la cárcel porque el  juez Santiago Pedraz que instruye  su causa ha decretado para él, para su hijo y para su guardia de corps, nada menos que prisión incondicional sin fianza, una decisión extrema que responde a la gravedad de los hechos que se investigan y los cargos de los que la fiscalía los acusa. Un rosario de cargos a cada cuál más negro.
Treinta años en un cargo es un hecho no solo irrepetible sino inadmisible, y de esa circunstancia proviene este final de ciclo. Solo cabe esperar que lo sea en verdad. Que este dramático broche sirva para que en la RFEF no queden de la etapa de Villar ni los percheros. La necesidad de sanear y desinfectar es mucha. Por lo tanto, que a los anteriores no sucedan los mismos perros con distintos collares.