Alcaldes en democracia

Alcaldes en democracia

Recuerdo que, hace muchos años, compartiendo mesa con uno de los alcaldes gallegos más justamente populares de aquel tiempo, escuché de sus labios una sincera confidencia que me quedó grabada en el subconsciente sospecho que a sangre y fuego y para los restos.

“Desengáñese, Orío –me dijo sonriendo al tiempo con un paradójico rictus de tristeza- Los alcaldes que llevamos más de una legislatura en el cargo solemos perder la cabeza. Nos creemos  invencibles e insustituibles, confundimos la transitoriedad con la propiedad y nos hacemos cada vez más vanidosos y egocéntricos. Terminamos confundiéndolo todo y acabamos pagando este desvarío”. Él estaba a punto de cumplir su tercer periodo y sospecho que ya estaba de vuelta. Había caído en las garras de la vanidad, había sido capaz de superarla y retornaba a sus principios tras un tiempo de estupidez egocéntrica. Me dijo también que eso les ocurre a todos, que a pesar de la gravedad el mal tiene cura  y que lo más grave es no percatarse del fenómeno.


Ser alcalde es, supongo, tanto una bendición como un problema. La propia naturaleza del cargo  define al alcalde como el cargo electo más próximo a la ciudadanía con la que se ha de estar en permanente contacto para actuar con humildad y sentido común. Si se pierde este referente se pierde el alma. 


Estos días se cumplen cuarenta años de nuestra bendita democracia y es menester recordarlo especialmente si ya vamos para viejos rememorando un largo y tortuoso camino que se inició en aquel pleno de Cortes fechado el 15 de junio de 1977 en el que el Rey juró solemnemente su cargo ante la atenta mirada de su hijo y heredero, un niño rubio de apenas nueve años que hoy soporta en sus sienes la Corona. En ese caminar de años nunca libre de peligros culminado por la razón, el compromiso y el éxito de un pueblo que adora la libertad y que la recobró dignamente tras un oscuro y profundo pasaje de tinieblas, los alcaldes han tenido una desempeñó trascendental y a muchos de ellos hay que atribuirles parte potente del éxito obtenido. 


Pero no lo hagamos hoy con Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid, que infiel a si misma y a su propio credo no va a tomar medida alguna contra los dos concejales de su propio equipo que han cometido prevaricación, ni con Miguel Urpieañez, alcalde granadino de Blanes en Girona, que insulta y menosprecia a sus propios conciudadanos. Ellos son alcaldes. Pero quizá no lo merezcan.