División

Las manifestaciones contra el terrorismo son actos de autoafirmación cuyos asistentes no siempre comparten objetivos, como se comprobó este sábado en Barcelona.
 Por lo que Abdullah Ahram Pérez, el terrorista cordobés hijo de “La Tomasa” que amenazó a España y a los cristianos anunciando la reconquista de el-Andalus, estará satisfecho.
 Vio por televisión la división del medio millón de asistentes, según la policía municipal, independentistas maldiciendo España, otros españolistas, supuestos pacifistas y muy pocos acordándose de los 15 muertos y unos cien heridos de 34 nacionalidades, cinco de ellos críticos, en los atentados del día 17.
 Un fraccionamiento favorable al DAESH y a las otras organizaciones islamistas: aprovechar un acto antiterrorista para agrandar la ruptura interna, los procesos separatistas o insultar al Rey y al Gobierno en una ocasión así desmoraliza a la ciudadanía e invita al yihadismo a incrementar el terrorismo para debilitar más aún el Estado.
 Los yihadistas estarán satisfechos también con las decenas de millares de pancartas contra la islamofobia, pero ninguna contra la yihad de la matanza.
 Pancartas también contra un difuso “comercio de armas”, cuando las de los terroristas sólo fueron la okupación de viviendas, dos furgonetas, cuchillos, productos químicos industriales y bombonas de butano.
 Todavía sigue sin aclararse por qué los Mossos d’Esquadra calificaron de “exagerada” a la juez que creyó que la explosión anterior del chalé okupado en el cercano Alcanar se debía a una célula terrorista, y por qué le impidieron a los TEDAX de la Policía Nacional investigar ese suceso.
 Tampoco se sabe por qué, alertados por la policía belga, no investigaron al supuesto cerebro, el imán de Ripoll Abdelbaqi Es Sattii, ni por qué se silencia que los terroristas eran “nous catalans”, musulmanes preferidos frente a los hispanohablantes latinos, instruidos en escuelas nacionalistas.