¡Vaya con D. Carlos!

¡Vaya con D. Carlos!

Vaya con don Carlos, alias “Papuchi”, exitoso empresario que resultó ser el mayor depredador sexual de menores de Vigo, aprovechándose de la ingenuidad y el deseo de aparentar de los jóvenes que se inician torticeramente en la vida social con la peregrina idea de despertar la envidia y admiración de otros, soñando con ser unos “pijitos”.
Para ello, dilecta leyente, no dudaban en aceptar invitaciones y hacerse ver con tan “distinguido” personaje, que simulaba ser un benefactor, de 40 tacos, amigo de la juventud, a los que seducía para luego corromperlos tras crear el ambiente adecuado de desinhibición con los “bebedizos” y malas artes correspondientes así como la exhibición de poder y grandeza llevándoselos a su lujoso yate, pasearlos en su deportivo de alta gama y agasajarlos en su restaurante, porque, contra lo que estamos acostumbrados a ver, estos “bujarras” suelen semejar ser amables “camaradas” hasta crear un clima de confianza, de agradecimiento y a veces hasta de admiración hacia su altruista “Papi”.
Con estas argucias consiguió hacer un grupo de WhatsApp específico donde estaban todos los menores implicados a los que enviaba imágenes de contenido sexual, hasta que tras una exhaustiva investigación policial, el “corroy” lo envió a la trena para que se vaya acostumbrando a hacerlo con muñecos de plástico y deje de embarrar a la sana juventud que aún queda. Claro que andan sueltos más depredadores sexuales, a los que habrá que ir sacando de sus madrigueras y ponerlos a buen recaudo; baste con saber que en lo que llevamos de año seis presuntos “julandrones” han pisado los juzgados vigueses.
Claro que cabe preguntarse en que planeta estaban los padres de estas criaturas para no olerse la tostada. En estos casos fallan los fundamentales principios de la educación y formación de los hijos, como enseñarles a decir no a lo permitido, cuando sea un simple capricho, para que sepan decir no a lo prohibido. El verdadero problema comienza cuando el chiquillo pierde la confianza en sus padres, porque ello les desorienta y aquéllos dejan de ser su seguro amparo, bien porque no son un ejemplo a seguir o porque carecen de la empatía para compartir sus dudas, angustias y problemas. “Amor y pedagogía”, que decía Unamuno.
Pero a los padres tampoco se les puede quitar la autoridad, el derecho y el deber de educar y corregir a los hijos, como establece el Código Civil, y entre aquéllos está el de conocer cuáles son sus amigos y en qué anda metido. Y ello no es compatible con que la autoridad judicial condene al progenitor por inspeccionar el móvil del menor o se lo retire hasta que termine los deberes.  ¡Después, a ver a quién le echamos la culpa!