Suicidándose un poquito

Suicidándose un poquito

Pues, dilecta leyente, la supongo informada de ese sucedido acaecido en Ourense, en donde un andoba tras anunciar en las redes sociales que se iba a suicidar y despedirse de sus seguidores, terminó pegándose dos tiros en un pie con una escopeta de caza. Al parecer, el “nota” no está en sus cabales, pero no debe estar tan majareta, cuando al final decidió que bastaba con hacerse un “piesurecidio”, que, eso sí, el pinrel le debió quedar como un pimiento morrón podrido, llamando inmediatamente a los servicios de emergencia para que vinieran a auxiliarlo.
Mire, desde el punto de vista penal, ni el suicidio ni la autolesión tienen castigo, salvo que se haga con la aviesa intención de tratar de engañar al seguro o a la seguridad social como un accidente, en cuyo caso aparte de quedarse con el daño corporal incurriría en una estafa.
En el fondo lo que hay es una necesidad de llamar la atención, de que te escuchen, de encontrar comprensión, de sentirse protagonista por un día, huyendo de la soledad y el vació social. En cualquier caso, la armó lo suficiente para crear expectación y morbo en otras mentes depravadas ocultas en el anonimato y que seguramente le habrán animado a seguir adelante con su primigenia idea,  porque querrían ver como se saltaba la tapa de los sesos, y se habrán sentido defraudadas con su relativa lucidez.
Este tipo de sádicos, son lo que exigen que los trapecistas trabajen sin red o los funanbulistas que atraviesan el espacio ayudados de una pértiga lo hagan sin protección, porque no les interés el arte que ello pueda suponer, sino que esperan que se “esnafre” contra el suelo y poder regodearse en la sangre como aves carroñeras.
Estos degenerados merecen que les engañen, como aquel que presentaba un espectáculo cuya atracción principal era contemplar a una niña deforme, aparentemente un monstruo, y que luego resultó que era normal y que el efecto se debía a un disimulado juego de espejos. Cuando el artista descubrió la verdad la mayoría estalló en aplausos al ver que la niña estaba bien, pero un reducido pero ruidoso grupo se lió a insultos y amenazas, porque lo que les excitaba era disfrutar de la desgracia de la pequeña.
En cualquier caso, que el suicido sea atípico no exonera ni al inductor ni al cooperador al suicidio. Claro que si se tratar de un caso de eutanasia la pena es menor y prescribe antes. Acuérdese del gallego Ramón Sampedro y la tal Ramona, que se sospecha que le ayudó a morir y ahora se dedica a dar conferencias sobre el suicidio asistido.
En cualquier caso, dilecta, el ourensano sólo se suicidó un poquito.