Intervención desmedida

Intervención desmedida

ues, dilecta leyente, resulta que una joven que se hallaba a tratamiento médico, mezcló, imprudentemente, pastillas con alcohol y obsesionada con la supuesta explotación que, según ella, se produce en el gremio de la hostelería, basándose en su mala experiencia, se le dio por increpar al dueño de la cafetería en donde se encontraba como cliente.

Un guardia civil de paisano que se hallaba en el lugar llamó a sus compañeros, presentándose dos patrullas, como si acudieran a un aviso de amenaza terrorista, formándose en el vecindario unas desmesuradas expectativas que dieron lugar a las más imaginativas conjeturas, extendiéndose los rumores por toda la zona, interpretando de la más variopinta manera la razón de la actuación de los agentes, pues era razonable pensar que para tal despliegue de medios tenía que haber ocurrido algo muy grave. Ya lo dijo William Shakespeare: "Excelente cosa es tener la fuerza de un gigante; pero usar de ella como un gigante es propio de un enano".

Lo cierto es que la Guardia Civil fue correcta, comprensiva y paciente con la joven, convenciéndola de que aquel no era el lugar ni el modo para sus reivindicaciones, pero aquélla quedó virtualmente señalada con la "letra escarlata" expuesta a la humillación pública, al estilo de la novela de Nathaniel Hawthorne, que recuerda la sociedad puritana de la Nueva Inglaterra del siglo XVII.

Una gente que critica escandalizada que haya una chica en la playa en top-les o donde los garrulos-machistas del lugar entiendan que por estar sola en una terraza de una cafetería está "pidiendo guerra": "Vente conmijo" se atrevió a decirle con gesto concupiscente uno de los gañanes que habitualmente juegan allí la "partida", rebosante de inflamada testosterona de mandriles en celo, y al que no conocía de nada, resulta ser una patética chusma.

Es lamentable que en una zona tan cosmopolita como es Playa América, en donde concurren mezclados en buena armonía nacionales, extranjeros y aborígenes en el verano, no haya calado en algunos el espíritu de los nuevos tiempos y se encierren como galápagos en su concha al llegar el invierno, emulando la hibernación del oso pardo, de la que solo les despiertan los bulliciosos veraneantes.

Sin embargo, y salvo contadas ocasiones, esto es un remanso de paz, con un microclima envidiable, una gastronomía excelente y una gente en su mayoría entrañable, unas tiendas de barrio donde aún atienden personalmente, te tratan con esmero, y te aconsejan lo mejor, después de haber probado previamente ellos el producto, como "Lila", que además abre en verano la pescadería en donde alguno se tiene llevado dos langostas medianas y un buey de la ría, llenito, llenito, rico, rico, a buen precio, y donde las Fuerzas del Orden se emplean con inusitada eficacia en defensa del parroquiano.