Historias de abogados

Historias de abogados

Me hallaba plácidamente tumbado en la blanca arena de la playa, secándome con los rayos del sol, después del correspondiente chapuzón, cuando me llaman del despacho por un litigio sobre el linde de unas fincas; frunzo el ceño, y abandono con desgana mi “retiro espiritual”. Cojo el coche, llego a casa, me ducho, me visto de presentable, cojo mi “licencia de investigar” y me propongo resolver el entuerto antes de que corra la sangre. Pero me encuentro con el problema de que las dimensiones de la finca no están bien delimitadas en la escritura, porque el catastro no es exacto, ya que sólo tiene fines tributarios, lo que crea incertidumbre por el margen de error que conlleva, lo que le confiere poco valor probatorio. Por lo que me encomiendo a la diosa Demetra.
Resuelto el entuerto con la inestimable ayuda del testimonio de los más viejos del lugar y la profesionalidad del topógrafo, decido solazarme.
Hallábame, pues, a la sazón, en un bar de mi costera localidad, sentado, pegado a la barra y descansando de esta ajetreada vida de leguleyo, aspirando la brisa del puerto, cuando un presunto maleante, “presuntamente” acostumbrado al incumplimiento de la ley, agredió con un taburete al vigilante de seguridad que le había llamado la atención por estar fumando en el interior del establecimiento, el cual tuvo que ser ingresado en el centro de salud y diagnosticado de lesiones contusas de pronóstico reservado.
Luego, el agresor, viejo conocido, me llamó por teléfono al despacho, desde un ignoto lugar, para que llevara su defensa, a lo que me negué por solidaridad con el “segurata”, muchos de cuyos compañeros han sido alumnos míos. No obstante, le recomendé que acudiera a un centro médico a hacerse un análisis de sangre que demostrara que estaba ebrio cuando cometió el hecho y luego se entregara.
 Me llaman del turno de oficio. Era mediodía, con un sol radiante, y la corbata semejaba un cepo que me oprimía la garganta. Llegado al hall del Juzgado, respiré profundamente, me coloqué bien el nudo y me dispuse a ultimar los términos de la defensa. El encausado por sustraer un neceser intentaba quitar hierro al asunto, alegado que había sufrido un temporal acceso de calor que le había afectado a las meninges.
Efectivamente, en Criminología se estudian los efectos de los vientos alisios en algunos crímenes, pero me parecía que aquello no iba a colar. Pero si el “consumado” estaba en el baño, podría considerarse que se equivocó, en vez de llevarse el “suyo”; un “error de tipo”, pues no había ánimo de lucro.
¿Y el ”suyo”? ¿Chi lo sa? Nadie ignora lo que pasa en los baños de algunos clubes.