Diana: Persiste el enigma

Diana: Persiste el enigma

Pues, dilecta leyente, cuando las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad dicen aquello de que “están abiertas todas las hipótesis”, quieren decir en lenguaje subliminal que no tienen puñetera idea del asunto. Y eso parece que es lo que ocurre con Diana Quer.
Un hecho ocurrido en un pequeño pueblo, contando con la colaboración de todos los lugareños, donde se han dado cita los más reputados investigadores, disponiendo de la más avanzada tecnología y sin reparar en medios…. y nada. Si hiciéramos caso del Delegado del Gobierno, la investigación estaría tan avanzada que si no se resuelve es porque el Diablo Cojuelo es un travieso felón. Pero ya se sabe como son estos políticos.
Los medios de comunicación que siguen el suceso, cada día sueltan un nuevo bombazo que termina en fuegos de artificio. En fin, que hasta que se levante el secreto del sumario, todas son especulaciones, sin olvidar que el  sumario sigue siendo secreto por Ley, sólo que más permeable.
Cuando se abra el sumario tal vez sabremos si Diana llegó o no a casa, si se cambió o no de ropa, si se subió a un automóvil, si se cambió luego a una furgoneta conducida por un tío mal encarado, si discutió con él, si arrojó voluntariamente el móvil, si permaneció un tiempo en Taragoña, si se fue voluntariamente o de forma forzada, quienes son esos trapicheros sospechosos, etc.
El caso de Yeremi Vargas, que parece haberse solucionado después de tantos años, aunque de forma trágica, demuestra que no todas estas desapariciones quedan impunes. En el caso de Diana, entre las muchas conjeturas, también se hablaba de que se había subido a una furgoneta con adornos hippies. ¿Y que haría Diana con una pandilla de bohemios? Tal vez si fue ella la que arrojó voluntariamente su teléfono móvil al agua, quiso con ello simbolizar que quería romper con su vida anterior y comenzaba una nueva etapa. Se habría cortado la melena, se habría teñido el pelo de colores fluorescentes, llevaría ropa con motivos florales y habría aprendido a hacer malabares en los semáforos o confeccionar “brazaletes de la amistad” y dormiría en la caravana o casas abandonadas, y a consumir esas sustancias propias de los pasotas. Pero esos cambios tan radicales no suelen mantenerse mucho tiempo. De hecho los hippies de los años sesenta son hoy, en gran parte, ejecutivos.
De resultar cierta esta hipótesis, pronto se cansará y pedirá ayuda, como más de una cliente que he tenido, claro que luego habrá que reprogramarla, contando con la inestimable ayuda familiar. Más difícil, pero no imposible, si cayó en manos de una secta. 
Como dejó dicho Aristóteles: “La esperanza es el sueño del hombre despierto”.