¿De qué vas “pringao”?

¿De qué vas “pringao”?

Pues, dilecta leyente, hasta hace poco, la pregunta iniciática para intentar ligar era la de “¿Estudias o trabajas”? Hoy, la pregunta tendría carácter ofensivo y la respuesta  podría ser: ¿Pero tú de que vas “pringao”?, pues, según algunas estadísticas, el 15% de los jóvenes españoles entre  15 y 24 años ni estudia ni trabaja, y lo peor, ni tiene intención de hacerlo.
Se les llama la “generación perdida”, porque se les considera jóvenes sin futuro, presos de la apatía ante la falta de expectativas, y también la “generación X”, a los que disfrutaron de la adolescencia entre los años 80 y principios de los 90, tras los “baby boom”. Pero, sobre todo se les conoce como los “ni-ni”, porque ni estudian ni trabajan y viven a cuenta de sus padres. Se les tilda de indolentes, irresponsables, antojadizos, volubles, indisciplinados, carentes  de valores y de principios básicos, herramientas y habilidades sociales. Y, los pocos que salen buenos, emigran para ganar más, a lo peor porque ni confían ni sienten que tengan nada que agradecer a los dirigentes de este país que les ha tocado sufrir.
¡Pues ya está bien! Si cogiéramos cualquier estudio de cualquier generación anterior sobre la juventud de su tiempo, no notaríamos mucha divergencia con la actual. Las circunstancias son distintas, pero el fondo es el mismo: el deseo de apartarse de lo que significó el paso de sus ancestros, buscando su propia identidad.
Nuestros jóvenes son el producto de la educación que les hemos dado. Ni hay auténticos maestros del pensamiento, valientes e independientes que sirvan de referente con su ejemplo, ni la honradez ni el esfuerzo son ya valores en alza en esta sociedad dominada por los agiotistas. Por el contrario, los intelectuales están encuadrados en partidos políticos, defendiendo una determinada ideología, y comportándose como estómagos agradecidos, vendidos al poder. Los políticos, que debían ser el referente de comportamiento ético y servicio a la sociedad, aparecen ante sus ojos como auténticos adalides de la corrupción. Los curas, con las acusaciones de pedofilia han perdido cierto prestigio Y en el trabajo rige el principio del mínimo esfuerzo, porque les hemos dejado hacer lo que les dio la real gana, en vez de endiñarles, aunque fuese en pequeñas dosis, la pócima de la disciplina y el amor al curro. Lo cierto es que los hemos dejado inermes en un mundo cada vez más exigente. Los sistemas educativos, diseñados por los “pijoprogresistas” nos han llevado a ser el país con más fracaso escolar y más consumidores de drogas. Por otra parte, se ha privado a padres y profesores de toda autoridad. Con el “llámame Alfredo”, los niños tuteaban a sus educadores, los trataban como sus iguales y por ello no recibían la más mínima disciplina, y desde luego no podían repetir curso porque les podría traumatizar, el cero estaba prohibido, porque el esfuerzo de poner su nombre en el examen ya suponía por lo menos un punto. Con una ingenua idea de la democracia extrapolada a la vida familiar, los niños de siete años imponían a sus padres su voluntad, y así apareció el síndrome del emperador y otras zarandajas. Vencidos y desarmados por esta pseudocultura, reforzada por una legislación castrante para frailes, dómines y progenitores, ahora resulta que son éstos los que piden protección. 
Por si no les hubiésemos hecho suficiente daño, les sometemos a continuos cambios de planes de estudio, experimentando con los chavales como conejillos de Indias y encima les ponemos trabas para trabajar, como la experiencia (jóvenes con experiencia), un obstáculo casi insalvable, que es como la pescadilla que se muerde la cola.
En fin, seamos sinceros. Lo que realmente nos preocupa es que estos zascandiles que hemos creado, no sean capaces de sostener la pirámide de nuestra ganada jubilación. Al final, la culpa será del cha-cha-cha.