Cuerpo a tierra

Decía el poeta metafísico del siglo XVII, John Donne: “Nadie es una isla; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra.; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad…”.  
No hay como morirse para que te ensalcen hasta tus enemigos. Ya has dejado de ser un temido adversario, un competitivo compañero y un estorbo para determinados planes. Aquí esto se prodiga mucho, lo decía la incombustible Carmen Avendaño cuando estuvo muy enferma y comenzaron a darle premios y homenajes, creyendo que la iba a espichar. Por suerte está vivita y coleando.
Se pregunta, dilecta leyente, por qué los proclamados “No creyentes” se ofenden cuando los demás se quedan boquiabiertos cuando en sus funerales laicos hacen alusión al difunto con un “estés donde estés”; sino bajo tierra o en la urna, según sus propias convicciones.
Últimamente se llora la muerte de Carme Chacón, de la que todos coinciden en que era una excelente persona y una socialista de pura cepa, que sin abandonar sus deberes familiares se dedicó con ahínco a la defensa de sus ideales. A pesar de pertenecer al PSC, se enfrentó a quienes pretendían romper la unidad de España. Y es que casi todos los estados, al menos los de nuestro entorno cultural, contienen en su Constitución la indivisibilidad de la nación. Abraham Lincoln dijo: “Considerando la ley universal y la Constitución, la unión de estos Estados es perpetua”, y la Corte Suprema de los Estados Unidos en el caso de Texas estableció que los estados no tienen derecho a la secesión sin el consentimiento de los otros estados, y en el Reino Unido, al no tener constitución escrita, estas cuestiones las decide su parlamento nacional. No es el caso de España, pues nuestra constitución es nítidamente clara al respecto. En resumen, no hay ningún país que haya permitido la secesión decidida de forma unilateral.
Fue la primera mujer ministra de Defensa, en donde dejó su impronta, nombrando al Jemad pacifista con cuya singular ayuda suprimió los honores del Ejército en los actos religiosos. Desde entonces no se puede hacer el saludo al Santísimo ni a las imágenes. Quitó la misa del Carmen en Marín en la entrega de despachos, prohibió a los cadetes desfilar en el Corpus y en la procesión de la Virgen del Alcázar, etc. 
Como dice, dilecta, si su cadáver hubiera sido expuesto en el Cuartel General del Ejército, tal vez retumbaría como una psicofonía la póstuma orden que seguramente nunca pensó dar: “Capitán: Mande cuerpo a tierra”.