Babel

Pues sí, dilecta leyente, harto Yavé de la arrogancia de aquellos tipos, que pretendían subir al cielo en una especie ascensor, en vez de hacerlo como todo quisque, padeciendo de los juanetes y, por lo tanto, en el coche de San Fernando (un poco a pie y otro andando), para confundirles hizo que cada uno comenzase a hablar en una jerga distinta. Y claro, así no hay torre que se pueda levantar ni autopista al cielo que se pueda construir en colaboración. Por ejemplo, el gallego podría decir: “Encender luces no túnel” y los otros entender que tengan cuidado porque no existe túnel, o si pregunta: ¿“En que ano estamos”?, pueden considerar que estás formulando una pregunta guarra, semejante a considerar que somos un feto producto de un embarazo por vía rectal. O cuando un catalán en un urinario se dirige a otro diciéndole: “Escolta noi” y el otro ofendido contesta: “Es corta pero gorda”. O cuando un vasco dice: “Abar eta abar” (más y más) y el otro entiende que ETA está en el bar y en vez darle más masilla, que es lo que le está pidiendo, sale corriendo.
Para evitar esos problemas, y teniendo en cuenta que el idioma debe ser un vehículo de unión, hay quien propone una lengua universal en la que todos podamos entendernos (el esperanto), pero ello resulta una quimera, debido la soberbia que nos lleva a pretender imponer nuestro idioma a los otros. Así los colonos europeos, reconvertidos en “gringos” no hablan en “algonquino” ni en ninguno de los 800 dialectos  de los nativos,  aunque a veces hagan el indio, y los pieles rojas tuvieron que aprender inglés si quisieron adaptarse al Nuevo Mundo que aquellos traían y, entre otras cosas, poder comer algo más que búfalos, que debían tener mucho colesterol. Dicho esto, tengo que decir, que me niego a hablar la lengua del imperio, pero, aunque sólo sea por razones de mera supervivencia, al menos trato de entenderla.
Pues bien, nuestra Constitución, hija de diferentes padres con ideas contrapuestas (dicho sea sin ánimo de poner en duda la honestidad de la madre de nuestra Ley de leyes) y por ello calificada “del consenso”, determina que en las Comunidades con lengua propia uno se puede comunicar tanto en la vernácula como en la que es común a todos, preocupándose así de proteger las históricas, para que no se pierda su ancestral cultura, dándoles carácter de cooficialidad, porque el bilingüismo debería ser enriquecedor, en vez de motivo de confrontación.
Pero algunos con el cerebro en la almorrana, en vez de convencer pretenden vencer, tratando de imponer sus ideas radicales sobre el tema; y hasta tengo clientes de otras comunidades que reciben escritos en la lengua de la comunidad autonómica ajena. ¡Y eso es pasarse!