Caducidad del enardecimiento

Caducidad del enardecimiento

Enardecer las emociones y avivar los ánimos de una sociedad es bastante sencillo. Los demagogos y los populistas lo saben muy bien. Lo difícil es mantener el enardecimiento, porque le sucede lo mismo que al champagne, o, en versión más humilde, a la gaseosa, y es que una vez expulsada la presión pierden fuerza y tienden a agotarse.
Organizar una manifestación en sí mismo crea un gran entusiasmo por el éxito, y se lleva a cabo en medio de grandes esperanzas. Pero una vez que el partido se ha jugado, es decir, una vez que se ha logrado el éxito de participación, y han asistido más personas de las que se esperaban, y los medios de comunicación han reflejado con fidelidad el suceso, no puedes convocar otra manifestación al día siguiente, ni siquiera a la semana siguiente, porque la gente no ha venido a este mundo a manifestarse, y suele tener familia, amores, amigos, incluso un empleo o la búsqueda de uno mejor, puede que aficiones a leer, a viajar, a tomar copas, a ir al cine o a coleccionar sellos, o a recoger setas, aunque la sequía está haciendo peligrar la cosecha de otoño.
El enardecimiento no es un yogur, pero tiene su caducidad, o su tiempo de recuperación. Las situaciones extraordinarias no pueden prolongarse de manera indefinida, porque necesitan descanso y recuperar fuerzas. Y está claro que los que obtienen su sueldo de las manifestaciones, y de las situaciones extraordinarias provocadas por la política, estén obsesionados por una alta cota de productividad, pero hasta en la música los grandes finales son breves, mientras que un adagio se puede prolongar sin que se fatiguen los oídos del oyente; y el mejor corredor, después de una carrera, no puede emprender otra de manera inmediata. A no ser que los anarquista de Europa, y los filoetarras del País Vasco que están viajando hacia Barcelona, logren algún incidente luctuoso, el día 3 de octubre la mayoría de la gente recordará que tiene su vida, y que existe esa vida más allá del secesionismo.