La rodilla de Fallon

La rodilla de Fallon

Mientras los tribunales de Justicia españoles inician la tramitación  necesaria para sentar en el banquillo al prófugo Puigdemont, la vida sigue su curso en los países del continente con especiales características en el Reino Unido, donde la crisis planteada por el mayoritario deseo de abandonar el ámbito comunitario se manifiesta profunda y se ha llevado por delante la mayoría conservadora de la señora May a la que le ha tocado el lado más difícil de esta decisión apenas comprensible para casi la mitad de los británico y completamente  incomprensible para el resto de los europeos.
En todo caso, y para valorar la complejidad del sistema parlamentario del Reino Unido, basta con estudiar la situación por la que atraviesa el país. Pero también sirve, y eso es paradójicamente lo bueno de un complicado sistema, para comprobar hasta qué punto son exquisitos los políticos del Reino Unido en el respeto y custodia de las reglas que rigen el juego parlamentario, y la grandeza de ese propio sistema. Contemplada desde fuera, una sesión en la Cámara de los Comunes parece un caos especialmente  virulento teniendo en cuenta el estrecho espacio en el que se desarrollan unos  debates sumamente vocingleros, y la presencia de una mesa que separa a sus señorías -una mesa, todo hay que decirlo, cuajada de cachivaches aparentemente de adorno que parecen estorbar más que ayudar- Pero es solo apariencia.
Michael Fallon es uno de los políticos más veteranos y experimentados de la reciente historia del Reino Unido. A los 65 años, su carrera política es larga, ancha y sin duda alguna brillante desde que se inició en 1983 obteniendo acta de diputado por el Partido Conservador. Ha sido parlamentario, secretario de Defensa y varias veces ministro, y hasta este fin de semana ostentaba la cartera de Defensa de la que ha dimitido considerándose culpable de comportamiento impropio y desconsiderado para con las Reales Fuerzas Armadas aunque el episodio del que se culpa el veterano parlamentario torie se produjo hace quince años. En el curso de una cena oficial,  puso varias veces la mano sobre la rodilla de una periodista  y siente que aquello no puede perdonarse hoy por más que la periodista aludida haya manifestado que no se siente una víctima, que aquello fue un episodio sin importancia que resolvió con presteza ella misma, y mantiene con Fallon una excelente relación basada en el mutuo respeto una vez aclarado el incidente. 
Fallon se ha mostrado firme, pide perdón y dimite. “Madre mía, -dice ella- ha dimitido Fallon. Espero que no fuera por mi rodilla”. Pues lo ha sido. Vaya lección ética y política.