Yo acuso

Amí mismo, por dar ideas criminales, al escribir en agosto de 2015 el siguiente artículo: “El IS atenta en Galicia”. Decía: El calor es africano. La noche es yesca. El viento gime con 30 nudos de tercianas. Tres terroristas rezan sus blasfemias apuntando hacia La Meca. Podrían ser turistas de termalismo. Pero van a calcinar Galicia entera.
Sus motos llevan un tanque de gasolina sobredimensionado. El modus operandi es muy sencillo: carreteras secundarias, bosques, arboledas. Se detienen, rocían gasolina ¡Y a quemar! No hace falta siquiera que se apeen. Candean, O Porriño, Fontefría... A Coruña. Ourense Pontevedra…
Al amanecer el Noroeste es una descomunal antorcha olímpica. El viento ha ido transportando de pueblo en pueblo la hecatombe. Los servicios contra incendios de la Xunta se colapsan. El fuego devora casas, granjas, animales. La población huye despavorida. Asmas, conjuntivitis, hipertermias. Los hospitales se saturan. Las calles se borran de cenizas. El aire es gas mostaza. 
Los terroristas siguen vaciando sus depósitos y cargando de paso contra las subestaciones eléctricas. Los aisladores chisporrotean. Revientan los condensadores. Dejan de funcionar los ascensores, los semáforos, las gasolineras. Los coches se quedan varados en la vía. La muchedumbre corre en tropel con sus enseres, sus enfermos, sus histerias… 
Se moviliza el ejército. Es inútil. Sus armas disparan fuego, no agua. Además no hay enemigos. Los terroristas se han ido. Atrás dejan una orgía de fuego apocalíptica… Y terminaba: Imaginaos qué fácil sería convertir Galicia en un Al Ándalus desierto. Pues eso: A prevenir. A prevenir. A prevenir. Y a actuar. Y de una puta vez a consensuar una adecuada política de montes ¡Panda de políticos pirómanos! ¡Que por omisión también se quema!
Yo acuso: 
Después de mí y una vez más a los políticos: A los de siempre, por su inacción, su bla, bla, bla, y su echarle la culpa al sol y a Portugal (la Radio Galega, el domingo por la tarde, mientras Galicia se hundía en una “vaga” de fuego como el Titanic, seguía con la charanga del fútbol a todo dar); a los que quieren salvar el Pazo de Meirás mientras se queman nuestras viviendas; a los que aspiran a malgastar los fondos públicos, en clave de oportunismo demagógico.
Yo acuso:
A los brigadistas eventuales, desertores del arado, que solo ven en la desgracia un modus vivendi. No me fío. Es más, propongo que cuando falten 15 días para que finalicen sus contratos, se les ponga una pulsera electrónica para tenerlos controlados hasta que llueva.
Yo acuso:
A los berreallos del “Nunca máis” que, como los mariñeiros y mariscadores de la costa da morte, cuando Aznar les hizo el boca a boca con 110 euros diarios por recoger con una palita galletas de chapapote tras el hundimiento del Prestige, rogaban para sus adentros: “outro máis”.
Yo acuso:
A los “sepronas” del rural, que mucho pirulo luminoso, mucha sirena, mucho 4x4, y no se enteran de quién es quién con los mecheros. Y en los pueblos todo se sabe. Menos bulla, coño, y más inteligencia policial.
Yo acuso:
A los paisanos, que montan la de dios es Cristo si les quitan os peliqueiros, a feira do porco, ou a Virxen do Carmen como señas de identidad y cuando el monte arde, que es más gallego que la lluvia, miran para otro lado y dicen: que chova.
Ay. Solo se salvan los mozos y las mozas. Si no fuera por ellos que lo dieron todo, como cuando la Reconquista, hoy Vigo sería un solar.