Y si habla mal de España...

Y si habla mal de España...

Oyendo hablar a un hombre, fácil es / saber dónde vio la luz del sol. / Si alaba a Inglaterra, será inglés. / Si reniega de Prusia, es un francés. / Y si habla mal de España… es español”. Esto lo escribió Joaquín Bartrina y de Aixemús (Reus, 1850), catalán de pura cepa, ateo y cosmopolita, pero con “seny, pit i collons” para aburrir. 
 Hoy no. Hoy si alguien habla mal de España es argentino, o moro, o un politiquillo de tres al cuarto que quiere hacerse notar. Hoy si habla mal de España es un charnego, un maqueto o uno de la CUP que no sabe de qué habla. Hoy si habla mal de España, además de ser español (los catalanes, los vascos, los de Melilla, los Rufián, las Forcadell, los Junts pel Sí, los del Senado o los gitanos lo son, quieran, queramos, o no), hoy si habla mal de España, insisto, es un cabrón. 
 Y un gilipollas. 
 España es uno de los países más reputados del mundo; su democracia, a pesar de su pubescencia, es de las más consolidadas del planeta; su transición, un modelo de reconciliación sin precedentes en la historia; su tolerancia a nivel religioso, sexual, consumo de drogas, libertad de expresión, culto, okupas y perro flautas no tiene parangón; su sistema sanitario es admirado por todas las administraciones modernas; su organización nacional de trasplantes es un referente a copiar; sus fuerzas armadas son un dechado de bonhomía; la descentralización de sus regiones no tiene punto de comparación en Europa; el garantismo de su sistema penal raya la injusticia; la belleza de sus ciudades, la sonrisa de sus gentes, la hermosura de sus playas, el salero de sus manolas, la valentía de sus pescadores, la humildad de sus toreros, la gracia de sus artistas, el arte de sus pintores, la variedad de su gastronomía, los logros de sus deportistas, la hacen única. Una, grande y libre, no. Solo a hostias entra por el aro.
 Basta ya de tirar piedras contra nuestro propio tejado, que con las decenas de millones de turistas que se cobijan bajo nuestros cielos cada año ya es más que suficiente para saber cómo nos valoran por ahí; basta ya de airear “to all and sundry”, por parte de quienes aquí solo “parlam català” sus flatulencias de “caganers” disentéricos; basta de arrojar al grito de “agua va” nuestros tóxicos residuos de vecindario. 
 Basta ya de cuentos, que hasta a las mismas princesas acaban por aburrir. 
 Y en esto tiene gran parte de culpa esta nueva caterva de tirillas, mesías de medio pelo, chupópteros a cuenta del erario, salva mundos incapaces de subsistir por cuenta propia que no hacen más que rajar de España. Sí. No hacen más que dar por culo con nuestra lengua, nuestra bandera, nuestro pasado –glorioso- y nuestra historia reciente que no deberíamos de olvidar jamás: la guerra civil, que tampoco les dice nada a estos badulaques de guardia, escupidores al aire, enemigos de sí mismos… Tiene cojones, ninguno se va de aquí. 
 Aquí no cabe aquella reflexión de “¿por qué me insultas si no te hice ningún favor?”. Aquí no. Aquí chupan del bote y predican el “haz lo que yo hago” sin cortarse un pelo pudendo; aquí sí, porque no tienen ni idea de lo que cuesta hacer país, crear riqueza, construir un futuro de concordia y consolidar un presente de bien estar. Piensan que el maná llueve del cielo. Y sí, en su caso sí. Y es el caso que, si los envalentonamos con nuestro silencio, o nuestro voto, seguiremos consintiéndoselo. Vivir del cuento, digo.