Ya vemos pasar tu carroña...

Ya vemos pasar tu carroña...

Vaya día que llevamos: a ti se te murió tu padre; yo he perdido mi bolígrafo… Pues igual. Este payaso de cuyo nombre prefiero pasar, titiritero de nueva casta, amplio espectro y corto recorrido, adalid de la injusticia, defecador de sentencias vacías, politólogo de poca monta y poco tino, baturrillo, badulaque y mal nacido, no guarda un minuto de silencio así lo embocen.
 Ya ha sentenciado a la muerta: ¡Corrupta!, clama el botarate sin que se celebrara siquiera el juicio. ¡Trayectoria de despilfarro y de vergüenza! ¡Mil euros pesan sobre las arcas del Estado! ¡A las calderas de Pedro Botero, si más allá resucita!
 ¡Ah! Bobos, que sois del Congreso comadres de buen tono, y andáis por allí a caza de hediondos embrollos: ¡Qué historia habéis perdido! ¡Qué voto andáis buscando! ¡Qué manjar putrefacto para ser devorado en una jauría de lobos rabiosos!... Perdóneme Bécquer la parodia de sus rimas.
 ‘Bueno es el mundo. ¡Bueno! ¡Bueno! ¡Bueno!’, cantaba Espronceda. Es verdad. Y el caso es que hay mucho hijo de puta suelto. Y ya que va de poetas, vienen estos versos al dedillo: ‘Y tú feliz, que hallaste en la muerte/ sombra a que descansar en tu camino,/ cuando llegabas mísera a perderte/ y era llorar tu único destino’. 
 No se me escapa que esta nueva casta, vengativa, miserable, ruin, no deseaba su muerte natural; ansiaba verla sufrir en la pira de la soledad, de la denigración, del desprestigio. Pero como el Cid, ya lo veréis, Rita Barberá ganará batallas tras su óbito. 
 Que haya un cadáver más no importa al mundo. Pero a cada uno de nosotros sí. Todo es cuestión de esperar. El de nuestro enemigo pasará antes o después delante de nuestra puerta. En todo caso, el de este buitre carroñero, que ojalá que viva cien años más –noventa y nueve en agonía y el último con hidrofobia- ya empieza a apestar en vida. ¿No veis pasar su piltrafa cada día?