Un cadáver más sí importa

Un cadáver más sí importa

Él se casaba ya en segundas náuseas. Fruto de su semen, aportaba al matrimonio tres hijos. Era guaperas, aunque con cierta atrofia sudorípara. 


 Ella estaba enamorada; sudaría por los dos para ganar el sustento de los cinco; cada día apagaba y encendía el alumbrado público: se iba muy temprano, regresaba anochecido; los niños apenas la veían. 


 Pasó el tiempo. Los chicos crecían en estatura y estulticia ante todo dios; se hicieron egoístas, vagos, embusteros; eran tal astilla de tal palo, no sangre de su sangre. La relación se fue envenenando. Tras una década de convivencia ella pidió el divorcio. A partir de ahí, comenzó el apocalipsis. 


 Al verse sin recursos, en connivencia con su padre los tres hijos le montaron a la mujer una denuncia falsa y le desmontaron la vida: detallaron todo tipo de abusos sexuales, masturbaciones, felaciones, maltrato psicológico. Cundió el amarillismo. La prensa encendió sus ‘follow me’, los platós se amotinaron y a ella la condujeron al cadalso: la echaron del trabajo, la despreciaron las amigas, la denigraron los vecinos. La metieron en la cárcel, entre otras razones para mitigar la alarma social (de)generada; incluso entre rejas temió por su integridad física: la psíquica jamás la recuperó. 


 En el juicio la denuncia no se sostuvo. Hasta la madre y la hermana del hombre declararon en su contra: ya había acusado a su primera esposa por una barbaridad similar que resultara ser falsa. Pero la Audiencia Provincial no lo tuvo en cuenta. Y la mujer fue condenada a 44 años de desesperación, descrédito, agonía, soledad, sufrimiento: la cárcel encierra todo eso. 


 Hace unas semanas, tras dos años y medio -con sus días, sus noches, sus insomnios- de martirio, el Tribunal Supremo la declaró inocente de todos los cargos. ‘Haz el petate que te vas’, le dijo el carcelero. Al salir de la prisión echó a andar por la carretera sin esperar siquiera a su abogado. No podía mirar atrás, quería alejarse de aquel infierno para siempre. 


 Esta historia es verídica, solo que la mujer se llama Pedro Raño Espasandín, es vecino de A Baña (A Coruña) y es quien fue acusado en falso por su exmujer y las tres hijastras; cuatro fieras corrupias, sin escrúpulos ni remordimientos, cuya sola mención me hace vomitar. 


 No se trató de una muerte pasional a puñaladas; no fue un arrebato, ni fruto de la ceguera de los celos, o del asco, o incluso del odio, tan próximo al amor que a veces hacen ósmosis. No. Fue un acto premeditado. Guionizado. Ensayado. Una aberrante obra teatral. Un aquelarre de brujas. Y un tribunal de malhechores. 
 Fue el sacrificio de un hombre bueno, en una cruz sin clavos, tras un calvario sin nazarenos, en un Gólgota de perversión. Una muerte lenta, incruenta, desgarradora por dentro, en la que el alma se desangra a borbotones. Miserables.


 Miserables. Sí: la madre, las tres hijas, también los jueces, que sentenciaron contaminados de prejuicios. Miserables los medios de comunicación, la sociedad, las feministas que ahora guardan silencio. Y miserable yo que no tengo en consideración las otras víctimas de violencia de género. Pues no señor. Una barbaridad no justifica la otra. Y que haya un cadáver más –aunque sea en vida- sí debe importar al mundo.