Yo también quiero ser gilipollas

Yo también quiero ser gilipollas

Qué quieres ser de mayor –inquiere un padre a su vástago- médico, ingeniero, empresario, acaso futbolista?” “Gilipollas”, responde el pámpano ahíto de razón. “¿Gilipollas?… a qué viene tamaño desatino”. “Tú, que no pierdes ocasión de recordármelo: ¡mira ese gilipollas qué coche tiene, o qué barco, o qué casa, o qué hembra está beneficiándose!”
Tal cual. Decir lo que dijeron de Donald Trump todos cuantos analistas, plumillas, encuestadores, contertulios, articulistas y demás majaderos que en el mundo han opinado, he escuchado, me han confundido y todavía padezco, echaría abajo ‘la nube’ si tanto vituperio se colgase todo junto: que si fascista, racista, machista, misógino, especulador inmobiliario, proxeneta de mises, depredador sexual, anti ecologista, fanático militarista, evasor fiscal, demagogo, patán, y patatín y patatán… Y, sobre todo, payaso. 
Pero los payasos, como los ilusionistas, son los únicos que pueden sacar la polla, la paloma, el pájaro en público, y aun por encima les aplauden. Los payasos, como los tocólogos, trabajan donde los demás se divierten; y claro, mientras los demás sudan la gota gorda (haciendo cábalas, filtrando conversaciones de vestuario, cogiendo el rábano por las hojas, la parte por el todo, la vehemencia por la locura y la fortuna por la baraca) ellos se cagan de la risa y siguen cosechando seguidores a mansalva. Unas veces con los platós en contra, como Trump; otras veces con ellos a favor, como en su día en Italia ‘Il Cavalieri’; otras, como loro en rama, soltando cada sabidillo su dislate, como cuando lo de Syriza en Grecia, lo del Brexit en Gran Bretaña, lo del secesionismo en Cataluña, lo de la paz en Colombia, lo de los indignados en España… Ni una en el clavo. 
Este siglo viene lleno de falsos mesías (frikis les llamó Arriola). Pero de gilipollas nada. Porque ya sean ricos, o perro flautas, están suficientemente preparados para pescar en caladero agitado. Y eso es un arte; el arte de convencer a los más reivindicativos -que no a los mejores-; el arte de manipular el miedo y la ignorancia. 
 Cristo se comunicaba con parábolas, estos están entre el ‘show business’ y el club de la comedia. Enloquecen a la peña -ingenua, analfabeta, desahuciada- que, por otra parte, está hasta los cojones de tanta corrupción y tanto nepotismo; y luego si te he dicho no me acuerdo. He aquí el arte de gobernar; Maquiavelo ya puede meterse su ‘Príncipe’ por salva sea la séptica salida.
 Pero tranquilos. Perro ladrador poco mordedor. No hay por qué alarmarse porque lleguen al poder millonarios botarates; ni porque lo acaricien mindundis ilustrados. Esta caterva, de uno u otro acervo pecuniario e intelectual, cambiará cuando llegue la hora de dar trigo. Del dicho al hecho hay un trecho, y donde dijeron Diego dirán digo. O ni siquiera dirán nada. Exactamente igual que los que estaban. 
 De momento ahí lo tenéis, en la Casa Blanca: un milmillonario ocupando la vivienda social que dejó un negro. Cosas veredes… ¡Y las que faltan!