Sopas de burro cansado y otras performances

Sopas de burro cansado y otras performances

Vino con azúcar: ‘sopas de burro cansado’. Ignoro si este reconstituyente era común en otras zonas de España. En Galicia –en mi infancia- sí lo era. No voy a decir que me destetaran con ribeiro, pero cogía cada colocón de aquí vomito. ¿Que mi abuela calentaba ‘viño con mel, ou con azucre’ antes de irse a la cama?, ahí estaba yo metiéndole los morros al morapio. ¿Que era época de la ‘malla’, o ‘nadal’, o ‘festas’ en no sé dónde? pues hala, a libar como un náufrago y a hacer venias a Baco hasta morrear el suelo. Y eso que mis padres eran funcionarios y no teníamos viñedos ni cosechas.
 Siendo niño mi padre me llevó hecho un pincel a las fiestas de su pueblo. Y yo, como Jesús en el templo, entre tantos familiares me perdí. Perdí la presencia de espíritu. Agarré tal melopea que para airearme me subí a una bicicleta de mujer, sin cambio, sin permiso de su dueño y sin dinero. ‘Voy hasta Ourense’, dejé dicho. Llegué hasta Piñeira de Arcos. 60 kilómetros a piñón fijo, con zapatos de charol, pantalón de tergal, tirantes de presilla y cacheta príncipe de gales. Polvo, sudor, carreteras de tierra y red bull de los regatos. Paré porque me tiró la noche. No se veía ni para dar pedal. Hice autostop. Una moto me devolvió hasta Xinzo de Limia. Negocié: le dije al taxista que mi padre era sargento -solo era guardia civil- y, ¿cómo no?, terminé la etapa en un flamante Seat 1.500, a franquear en destino como las cartas de los bancos. Tenía 12 primaveras. Y por lo menos otras tantas bofetadas. Mi madre casi se desmaya. Pero me indultaron. Y eso que mi padre y los parroquianos de A Xironda me buscaran toda la noche por las cunetas. Doce años tenía, insisto. Eso sí, tres inyecciones llevaba contra el tétanos.
 Hoy, todo el riesgo que se le permite asumir a un niño es subirse a la tirolina de un parque infantil si está de cuerpo presente un familiar adulto, el ángel de la guarda y el helicóptero de emergencias del 112. Beben Coca-Cola, como si fuese agua medicinal. Comen bollería como si no fuese veneno. Y sin embargo no se les deja ir solos al colegio. Ni jugar en la calle. Ni cruzar si no hay semáforo. Ni hablar con extraños. Ni encaramarse en un árbol. Ni adentrarse en el bosque. Ni explorar un “fallado”. Ni golpear con un martillo los nudillos. Ni hacer con una navaja un tirachinas. Ni comprobar cómo funciona una linterna en las esquinas de la noche… ¿darse de hostias, cometer errores, tomar decisiones? De eso nada. De eso ya se encargan los mayores.
 Error craso. Los niños deben aprender a asumir riesgos. A sentir miedo. A defenderse por sí mismos. Y a colocarse con adrenalina de vez en cuando. 
 El otro día cuando vi al pequeño Omran, el niñito sirio aquel de la ambulancia, lleno de escombros como una croqueta rebozada, solo, serio, silencioso, tocándose la cara con las manos, viéndose la sangre como si fuese sudor, pensé: menuda panda de enclenques, lloricas, gallináceos, y ‘nenazas’ estamos criando en España. Y digo ‘nenazas’ en el peor sentido de la palabra. Porque yo tengo dos nietas, Raquel y Elena, que si se ponen a repartir hostias no dejan monicreque con pilila. Hace meses que le tienen tendida una celada en un bosque que hay cerca de mi casa a Polifemo. Allí vamos, siempre que vienen a verme. La más pequeña lleva una estaca para metérsela en el… O en el ojo, si se pone muy pesado.
 Yo les narré el cuento de Ulises y el cíclope. A mi manera, claro.
 No les doy vino, eso sí. 
 Pero porque no les gusta, qué diablos.