La soledad a todos nos iguala

La soledad a todos nos iguala

Estoy convaleciente en un hospital, en Madrid. Mi compañero de habitación, Manuel, me habla con una sonrisa bailoteante, de dientes movedizos; es lo único postizo en este octogenario soltero, conversador, mágico y ascético. Le cayó el dedo de un pie “y sonó en el cacharrito de las curas como una corteza de tocino”, me cuenta. A base de betadine se lo resecaron en la residencia en donde malvive a la espera de una buena muerte. “Y tuve suerte –añade- a mi hermana le amputaron una pierna por la rodilla”. 
 Los diabéticos heredan -y trasmiten- esa especie de melaza gangrenosa que tapona sus vasos sanguíneos y les pudre las extremidades. A Manuel lo han vuelto a hospitalizar por problemas circulatorios. Tiene dos dedos más en la carne floja. 
 Manuel, a pesar de la edad, tiene una mente luminosa. “Manuel cuéntame”, le pido. “Lo qué”, se extraña (con frecuencia le piden que se calle). “¿Por qué no te casaste?”. Manuel es cortés, se rasura cada día, se perfuma, se acicala con esmero… ¿Será gay? “No tuve tiempo”, zanja; y entre rociadas de saliva y seseos gingivales me habla de su temprana orfandad, de su joven madre viuda, de sus cinco hermanos, uno con síndrome de Down, “que fue mi verdadero amor y a quien dediqué mi vida”. Se suelta, y también me habla de su adolescencia, de la cartilla de razonamiento, del río donde se bañaba; y se va por esos vericuetos de dios y esas melancolías del alma, mientras yo hago mis ejercicios respiratorios con una ventolina artificial que huele a algas. (Me extrajeron varios nódulos malignos del pulmón derecho.) 
 Manuel no para de rajar. Es lógico. En el moridero-residencia en donde mora muchos tienen alzhéimer, “cojera en el cerebro” dice él, y vive encerrado en el silencio, entre orines, escaras y paridas, abocado a la neurastenia. ¡Ay del solo!, dice el Eclesiastés. Mientras esnifo un aerosol mezclado con oxígeno, pienso en esta sociedad cibernética que avanza a toda velocidad hacia el aislamiento y soledad de sus ciudadanos; que ningunea a quienes lucharon sin descanso para dejarnos un mundo mejor; que menosprecia a quienes emigraron a otros países, sin conocer otras lenguas, a veces sin retorno. 
 Manuel superó dos guerras, resistió largas hambrunas, consiguió sobrevivir al cruento siglo XX; y ahora el siglo de la inteligencia (y del amor) artificial, lo conmina a ser un refugiado en su propio hogar, en donde se siente inseguro; o en una residencia, en dónde, aterido por el presagio de un final en soledad le chupan la pensión, las dos pagas extraordinarias “y aún tengo que poner doscientos euros a mayores de mi cartilla”. Pobre Manuel; sus ojos ya no saben columbrar sino soles perdidos, horizontes subterráneos, finisterres; su vida ha perdido todo sentido de ser vivida; morirá solo, vaticino, como uno cualquiera; a pie de la cabecera bostezará, si acaso, la enfermera. 
 Es medianoche. La enfermera de guardia trastea con los goteros y los tubos. “¿Tienes dolor?”, me pregunta. “No sé”. Obnubilado por los calmantes ya no sé ni lo que tengo. Pero esta noche no he querido a nadie a mi vera: si Manuel quedaba solo yo también podía hacerlo, qué diablos.