A serra de Penagache

A serra de Penagache

Culto, tierno, feo, militar; diestro con el fusil y la palabra: él. Ella hermosa, humilde, campesina; y casi analfabeta. Él viudo, maduro, envejecido por la vida y por los años. Ella oreada por el sol, casi mujer, casi niña. Casi nada. Él guerrero, poeta y sentimental, como el Marqués de Santillana. Ella honesta, menesterosa y precavida, como la vaquera de la Finojosa. 
 Él, a lomos de su alazán, la impresionó con su uniforme y su hidalguía. Ella, mester de sus labores, lo rechazó avergonzada de su rusticidad y su pobreza. Él, teniente de carabineros, conjeturó desdén su timidez. Ella, jornalera ‘a mantido’, concupiscencia su empecinamiento. 
 Ella era de Xacebáns, a las faldas de la sierra de Penagache. Él de A Xironda, cabe la raya portuguesa. Ourense era una ciudad en blanco y negro, como las fotos que encontré por casa en estos días; el viejo puente romano era el único que abrazaba a la sazón las dos orillas del Miño. 
 Él la bombardeó con lisonjas y rimas encendidas hasta que, destruidos los arbotantes de su virtud, reventados los goznes de sus prejuicios, logró por fin abatirla. Ella siempre lo trató de usted, le sobrevivió treinta años, le fue fiel toda la vida. Él le duplicaba la edad. Ella las ansias de vivir sin lacería. 
 Él Antonio –como Machado- enamorado de su hada pueblerina hasta la médula. Ella Julia –como yo-, y tal que Leonor, prendada de su erudición y su valía. No debió de ser empresa fácil, aunque tampoco requirió de una gran estratagema: A los hombres, para ser felices, les basta con no tener remordimientos; a las mujeres con no tener problemas. 
 Él, para cortejarla, se hizo acompañar de uno de sus hijos. Ella, para evitar habladurías, de una de sus hermanas. Y así resultó que padre e hijo se casaron con las dos zagalas. Y convivieron. Y procrearon. Y se formó un babel genealógico que aún hoy nos tiene a los descendientes confundidos: Padre e hijo pasaron a ser cuñados; sus hijos -primos entre sí- medio hermanos, los unos, de su tío; y sobrinos, los otros, de su abuelo; mi abuela fue madrastra de su cuñado; mi tía abuela, nuera de su hermana; y el viejo patriarca –padre de los hijos de su primer matrimonio- también fue padre de los sobrinos de uno de ellos: Cien años de fertilidad: Julio, Julita, Julito, Julio César, José Antonio, José Carlos, Sabela, Ana María…: Nada que ver con los cien años de soledad de los Buendía. 
 En cuanto a mí, qué queréis que os diga; sin descartar ser tío de mí mismo, soy nieto de aquel viudo que, por la edad, pudo ser mi bisabuelo. No lo conocí. Escribo, de oídas, lo que al parecer él declamaba cuando se ponía épico: ‘A serra de Penagache/ o subila costa moito,/ pero ten unhas faldiñas/ que a calquera volven louco’ 
 Él era el vate. Y el galeguista. Yo solo soy un aduna frases que, cuesta abajo de la vida, voy recordando sus versos, a la vez que musitando los del poeta de Campos de Castilla: ‘Por estos campos de la tierra mía,/ bordados de olivares polvorientos,/ voy caminando solo,/ triste, cansado, pensativo y viejo’. 
 Escribo para no olvidar. Para homenajear a mis ancestros. Para enorgullecer mi dinastía. Y es que cuando se alejan las reminiscencias, se acercan, ay, las postrimerías...