Romeo y Julieta se casan

Romeo y Julieta se casan

Tengo motivos suficientes para destripar a un tipo cada día -me dijo un sacerdote acodados en la barra de un burdel en el puerto de la Guaira- y me conformo con aporrear a uno cada mes; luego izó por la solapa a un marinero borracho que estaba importunando a una señorita self service y, barboteando maldiciones, lo sacó a la calle a puntapiés.


 Había sido cura salesiano, frisaba la treintena y estuvo entero hasta que lo desvirgó una trigueñita que le dejó unas purgaciones de caballo. A esa primera cata carnal lo habíamos llevado a escote los compinches: aburridos estábamos de que nos preguntase una y otra vez cómo era el mecanismo del asunto que, de simple, le decíamos, era como el del chupete: mete, saca, lengüetazos y lo demás vendrá por añadidura. El burdel se llamaba “Kilómetro 9”. Entró casi reculando. Al salir se le sometió al interrogatorio de rigor: que si tres sin sacarla, que si enterrara como un verraco, que si un gatillazo inoportuno… Yo, que le había oído decir más de una vez: “homo sum, humani a me alienum puto” (hombre soy, nada humano me es ajeno), y que lo había animado a entrar con ese mismo argumento, conjeturé remordimiento su mutismo. Él, sumido en un éxtasis extraño, me atrajo hacia sí y me confesó al oído: “¡Del nueve, nadie me mueve!”. 


Y así fue: un putero irredento e irreprochable: De la casa en las casas de pecado, pagaba sus servicios sin regatear: “con la carne no se juega”, me decía; decía que las putas nunca le hicieran putadas y que, himeneo mediante, la coyunda no era sino incesto. Nos caíamos bien. A ambos nos gustaba la Roma antigua. Me hablaba de Pompeya, incólume hipo las cenizas del Vesubio: de su Foro, de sus templos, de su lupanar. Y se pulía toda la pasta con las lobas (lupas) -lupanar viene de ahí-. Nada quería saber de amores que no fueran instantáneos. 
 Un buen día me planté: “No es bueno que el hombre esté solo”, dije bíblico. Y dejé de frecuentar su compañía. Supe que se había casado con una venezolana millonaria y le perdí la pista. Recuerdo que al cabo de los años nos encontramos en la calle: “¿Qué tal?”, le pregunté. “¿Qué tal de qué?”. “De la vida, del amor, del matrimonio”. Él, con esa unción un tanto rancia de quien ha sido pastor de almas, me sermoneó: “En toda relación contractual hay un trasfondo mercenario. No te negaré que he dado un buen braguetazo, pero cobrar por sus favores ha sido siempre una estrategia de las féminas: como prostitutas cobran por vez; como esposas por contrato, y además te chantajean con los hijos ¿Por qué llamarle amor cuando queremos decir condena? Créeme, solo la fugacidad hace perpetuo el encanto”. 
 “Hombres necios que acusáis”, le dije. Me dije, este discípulo de Príapo, entre Thais y Lucrecia se está haciendo la picha un lío… Hoy, empero (empiezan ya los meses de los fastos, las pintadas en los puentes y la saturación de los Registros judiciales), cuando me invitan a una boda no dejo de considerar aquella prédica. Si el amor es una alucinación vis a vis, el divorcio será un fracaso recíproco. Os declaro exmarido y exmujer, malicio para mis adentros. Romeo y Julieta no llegaron a casarse, que yo sepa.