Desde Roma con temor

Desde Roma con temor

Acabo de llegar de Roma. Ni rotondas, ni turbo-rotondas, ni rodeos. Allí se conduce por el medio. La capital del cristianismo, la cuna del imperio eterno, a donde van todos los caminos y algún que otro ‘gichiño’ como yo, no se para en estas ridiculeces.
 Ya no se oyen bocinazos. Ya no manosean el aire con aspavientos. Apagaron el botón de discutir. No se han humanizado las calles desde Nerón. Los viandantes comparten acera con los Fiat Cinquecento. Pero Roma sigue siendo un museo a cielo abierto. Las rotondas son el Coliseo, el Circo Máximo, la Domus Aurea. En la Piazza Venezia se cruza rápido. Seguro. Como en cualquier calle de El Cairo. Los semáforos están para adornar. Los pasos de cebra conducen a ninguna parte. O están borrados. Europa en todo su apogeo. Personas. Allí uno debe tomar decisiones, improvisar. Ah, y otra curiosidad: les calcan 6 euros diarios a los turistas por pernoctar, pero acogen a los refugiados. En la estación Termini merodean felices de contarlo. Hay centenares. Llegaron en patera. 
 En Vigo (sin normas, me refiero) no somos nadie. Aquí se cruza a cámara lenta. Y aunque venga un camión de cuatro ejes, de cuarenta toneladas, con cuarenta por ciento de pendiente cualquiera puede detenerlo sin ni siquiera mirar, o mirando en el smartphone los pokemon: no les importa que los aplasten solo porque tienen preferencia. Los guiris, los que llegan en lujosos barcos transatlánticos, los que hasta ahora iban delante en asuntos civilizados, se asombran, te sonríen, te dan las gracias, porque no se creen que te hayas detenido cuando ellos todavía no sabían si iban a cruzar. Hubo algunos que a fuer de pasar donde los coches les paraban, por no hacerles un feo, estaban en el monte de la Madroa a la hora de salir el barco. Sin embargo, los pensionistas, los ociosos, los parados, los que no van a ningún lado, se sulfuran, te entran a paraguazos o te mentan la ascendencia si por lo que sea –paró el de adelante, se te caló el coche, te despistaste porque vas pensando en la declaración de Hacienda- te atascas en el paso de cebra. Después ellos cruzan en rojo o pasan las rotondas en diagonal. En otros países eso son 50 pavos. Spain is... la coña marinera. 
 Esto de que el peatón se sienta dios solo ocurre en España: así los atropellan. La DGT nos tiene tan acojonados a los conductores que mí me da hasta miedo conducir cuando ando por esos asfaltos del demonio. Y rabia: soy un patán redomado en las redomas. Y en los cruces. Me paro, y pasa un peatón, y luego otro, y otro, a cuenta idiotas. Y se impacientan los de atrás. Pero se aguantan. “Este –pensarán- es un ‘gichiño’ de Vigo”. Y me perdonan.
 Si algún día nos invaden los moros, el Isis, Andorra, Portugal, los catalanes, ¡qué se yo qué enemigo nos acecha!, bastará con que amaguen con cruzar en los pasos de peatones. El país se detendrá. Y la DGT se pondrá las botas. Pero para morir, maldita sea, con ellas puestas.