Retrato de un narcisista

Retrato de un narcisista

Este que veis aquí, de rostro aguileño, frente lisa y desembarazada, cabello castaño, barba rala, sonrisa de Mona Lisa y verborrea desatada, es un getas de mucho cuidado. No ha aprendido a tener paciencia en las adversidades; no ha perdido en ninguna batalla naval de un arcabuzazo ningún brazo, aunque sí muchas batallas dialécticas; y jamás ha militado debajo de las vencedoras banderas del hijo de ningún rayo. Éste, de español, el sueldo y las prebendas que recibe del Estado; de patriota, lo que un hijo del Libertador de las Américas; y de intelectual, lo que yo tengo de Cervantes y Saavedra. 
 Es más falso que los cuartos viejos. Disculpa el delito -de Ramón Espinar, porta-odio de su Partido en el Senado, que trapicheó con su vivienda protegida-, pero odia a la delincuente todavía presunta, y no guarda un minuto de silencio tras la muerte de la eterna alcaldesa de Valencia. Confunde la casta con la pasta, y, en apenas dos años de ruedo demagógico -Monedero, Errejón, Echenique, Tania Sánchez-, sus compañeros de opaca transparencia, ya se habían visto mezclados en turbios asuntos de dinero: escaqueos con Hacienda, becas por no hacer nada, pagos en negro, tratos, trucos y trapicheos en concesiones municipales a familiares, etc.; éstos, todo lo que condenaban ya lo hacían, todo lo que denunciaban ya lo eran. Amén de confesos antisistema, son, números cantan, convictos y conversos del sistema decimal. 
 Éste, si se la cortan, como Sansón, se queda en nada: demasiada coleta para tan poca vergüenza torera. El oropel de su fatuo presumir abrillanta el hollín de sus carencias. En el hábito estudiada dejadez, en el monje aparente pulcritud, merovingia melena en la testuz, y en la virtud, escandalosa poquedad. Un canta patrañas. Sin más.
 Me cae mal. No por lo que es, sino por la ilusión que me ha robado. Solo ansía que hablen de él, aunque sea mal. Le gustan más las cámaras de televisión que un tonto un smartphone. Y, salvo el muerto en el entierro, quiere ser el protagonista en todos los saraos. 
 Con varios tartamudeos en idiomas y un currículum de la rehostia en inexperiencia, a este Pablo Manuel Iglesias Turrión (Madrid, 17 de octubre de 1987), Manolo para los castizos, Turrión para los que le ningunean, que convierte en espectáculo el escaño, que avanza a pasos agigantados hacia la total irrelevancia, rabioso con el disidente, lambeculos ‘con la gente’ que le ensalza; éste –que ya tiene pensión máxima porque lleva dos legislaturas-, intelectual de alharaca y frases hechas; éste, digo, para que a mí me convenza, le sobra demasiado narcisismo y le falta harto Pablo Iglesias.
 ‘Conmigo o contra mí’, amenaza ahora a los militantes: la tesitura de los dioses con minúscula. Su perdón es el de Stalin: la aniquilación del oponente. ¿Podemos? Podemos: echémoslo pues con viento fresco. Es un bufón. Miente más que habla.
 ¿Que quién soy yo?: Un indignado con la demagogia y el cinismo. Pero un simpatizante con la causa.