Realismo sucio

Acrimonia de la naturaleza. Reventar de pulmones. Estampida hacia el abismo. Moloch reclamó su ofrenda por fertilizar la tierra lusitana. El aire jugó con fuego para apagar la llama de la vida. El sol se pudrió en un cielo de amianto. 


 Europa, inundada por el ruido del Isis, del Brexit, de la banca, escucha los lamentos del país vecino. Pero la solidaridad se quedará en un minuto de silencio, en una declaración de intenciones, en los tuits de los políticos una vez depositadas las pavesas. Mientras tanto, Pedrógão Grande se ahoga en el llanto y el crujir de dientes. Sodoma y Gomorra no fueron tan castigadas.


 Rebelarse contra la tragedia es una labor inútil. Protestar contra la fatalidad es clamar en el desierto. Implorar tampoco vale de nada; los dioses están cada vez más distraídos -“ubi amor, ibi óculos”- y ya no miran hacia abajo. El Papa, tras el Ángelus, también rezó por las víctimas. El secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, expresó su “profunda tristeza”. Y el fado enmudeció de tanta lástima. C’est tout. 


 El fuego se propagó de una forma “que no tiene explicación”, dijeron los técnicos. Se descarta la mano del hombre. Un rayo arrojado por Zeus, Eolo que sopló para avivarlo, Helios que se volvió loco…; y la tragedia se cebó sobre el distrito de Leiría, en el centro de Portugal, donde se dispersa la población y predomina la naturaleza. 64 personas perecieron mientras intentaban salir de aquel infierno; algunas abrasadas en sus propios vehículos; entre ellas familias enteras, familias que creían en Dios, familias que eran como las nuestras.


 Es la vida. Es el realismo sucio. Es lo que hay. La tragedia solo lo es para los que la protagonizan; para los demás es la anécdota, la comedia, el morbo que incrementa las audiencias. Después, con sus alas de mariposa, el olvido se cernirá sobre la pena. Todo pasa. 


 En el año 2001 fui testigo de un hecho espeluznante. Un puente gris acero, gris puñal, gris carroza funeraria que cruzaba sobre el río Duero en Castelo de Paiva, cerca de Oporto, cedió al paso de un autobús de pasajeros. Anochecía. La gente regresaba adormecida a sus hogares. Hubo más de setenta víctimas mortales. Días después algunos cuerpos aparecieron flotando en las costas gallegas, a 200 kilómetros de aquel lugar; se les reconoció porque sus relojes marcaban la hora portuguesa, y también por los asientos del autobús, que se dispersaron por Camariñas, por Cee, por Corcubión… Una TV de Lisboa me contrató para hacer imágenes aéreas de la zona donde aparecieron los cadáveres. Cuando aterrizamos y le expresé mis condolencias al cámara portugués, éste me dijo: “Oh pa, no Porto já não sabem o que fazer com tal de ir ao ‘El Corte Inglés”. Risa y llanto se remedan.


 “Una chispa puede dar fuego a una llanura”, decía Mao Tse-Tung. Y, como en este caso, llevarse por delante a quienes estaban en el lugar que les correspondía, en el momento adecuado, a la hora precisa, pero que los hados abandonaron a su suerte aciaga. Somos criaturas al albur del infortunio. No le deis más vueltas.