Racismo por la gorra

Racismo por la gorra

La semana pasada comí con un lector; metí la polla donde hervía la olla; pero no fue un calentón laboral: él había escrito al director del periódico felicitándome por uno de mis artículos, yo le había contestado haciéndole ver la hipérbole de sus piropos; conocedor de “mein kampf” contra los tumores invasivos después me envió una dieta milagrosa para exterminarlos, como Hitler a los judíos; a través de los emails, el roce fue haciéndose cariño, la cosa se fue animando y… 
 Lo confieso, sí, comí con un lector.
 A los postres, como amantes primerizos, nos revelamos algunos pre-juicios de valor. Yo le hacía profesor, no sé, o funcionario hastiado de aburrirse, o drogodependiente de cuanta basura articulista caía en su mesa de tortura. Él me hacía un majadero de altos vuelos, un caga sentencias de los de “siga recto y váyase a tomar por culo”. “Estuve meses sin leerte”, me dijo. “¿Y por qué?”. “Por la gorrita”.
 Puta gorrita. Empecé a usarla cuando me diagnosticaron cáncer de colon (que fue cuando me dio por ponerme a emborronar cuartillas); con la quimio no me podía dar el sol. Al principio usé una boina de paisano, ladeada, con el rabito apuntando hacia lo alto. “Salve”, me saludaban en Italia, lo juro, me sentía como un emperador de la Gallaecia.
 Pero en Madrid, un subnormal de la meseta me confundió con un vasco. Un vasco de la ETA, me imagino, y me puso a caer de un burro más grande todavía que él. Como con la quimio no tengo media hostia, y con la lengua suelo calcular mal las distancias, cambié de gorra. Me monté una italiana, tan bravamente, que es con la que sale mi careto en las páginas online de este periódico. Y por la que, ahora fiel lector, mi egregio comensal al principio me presumía un presumido.
 Últimamente he vuelto a cambiar de cachucha: me embutí una de beisbolista, con una visera prominente para protegerme del súper foco astral, a lo Steven Spielberg. Y vuelta la burra al trigo. “Parece la gorra de Trump”, me dijo un colega del periódico. Y aquí sí que no, maldita sea. “America firts”, es de las más excluyentes xenofobias que pueden airearse en una testa. 
 Así que ahora o salgo con la calva al viento, a lo Steve Jobs, o procuro que mis gorras sean patrocinadas por el buen juicio: “No racism, no violent, no longer silent”. “Make racists afraid again”. O por el sentido del humor: “No soy homófobo, me queda bien cualquier mariconada” (ésta me la curré yo solito). 
 Pero resulta que va una amiga mía el otro sábado, después de cenar, y me delata: “Usar gorra de noche es de negros”. “¡No jodas!”. Total, que yo pensaba que era por las obras, pero no: “Por las gorras los conoceréis”. Igual que a los gallos por la cresta. No juego al béisbol, pero hay que ver cuantos “home run” con las bases llenas nos pueden meter “los a priori”… quiero decir, los putos prejuicios.