Où est la femme?

Où est la femme?

La violencia no es cuestión de sexo. Ni la valentía. Ni ambas son características del hombre. La mujer también tiene derecho a la segunda, y culpa en la primera. 
 En la Francia del siglo XIX los jueces sabían que muchas mujeres cobardes azuzaban a los hombres a cometer delitos: robos, desfalcos, asesinatos (en duelo), etc., por eso siempre preguntaban: “Où est la femme?”.
 He tratado a miles de mujeres. Las he conocido de todas las bellezas y colores. Y también de todas las histerias. Divinas en sus pros, terribles en sus contras. Caóticas, liantas, provocadoras, caprichosas, manipuladoras: Insufribles. Y también imprescindibles. He escuchado sus violencias -la palabra hiere como un dardo, a veces incluso mata-. Y he padecido sus silencios: en esto las féminas son invencibles.
 Pero donde las he visto en todo su esplendor nocivo: viperinas, ponzoñosas, bífidas como reptiles, es con sus parejas: “¡eres un inútil, eres un imbécil, eres un malagradecido!”, si el marido las contradice; si se muestra retozón: “¡eres un pesado, eres un crío, siempre piensas en lo mismo!”; si se revuelve: “¡a mí no me chilles, que te denuncio!”, etcétera, etcétera, etcétera: y en estos etcéteras caben los "calzonazos", los "me das asco", los "no sabes ni follar". Y, con frecuencia, los cuernos.
 Puedes hacer que alguien sea feliz o infeliz solo con palabras. Y puedes maltratar por omisión. Por eso hoy quiero denunciar (a los maltratadores ni un respiro) la violencia "invisible", la "intragénero", la de los homosexuales –hombres o mujeres- que maltratan a sus iguales. La violencia doméstica entre gays y lesbianas es, si cabe, más cruel, porque ellos saben dónde hurgar para que duela hasta el desmayo. Y son multitud, creedme, si creemos en los estudios realizados en EEUU, Canadá y Australia que establecen que las tasas de violencia en los hogares gay-lésbicos son incluso superiores a la de los hogares heterosexuales. (En España esto no ocurre, aquí hasta la "discriminación" es "positiva"). 
 Son multitud, decía, los maltratadores de su propio género, pero solo salen a la luz los casos más intolerables. El domingo pasado una mujer ha matado a puñaladas a su pareja, también mujer, en una vivienda del barrio del Raval, en Barcelona. Ambas son de nacionalidad española (bueno, o sus DNI), y ambas del género humano: el que tira piedras a los de su especie así tenga la culpa embridada con las manos. Hijos de puta, digo, los hay en todas partes, y de todo tipo de pelo, pluma y salazón. Cuando el amor es puro, no importa el sexo. Cuando el maltrato ocurre, no deberían hacerse distinciones.