Ojalá no acabe el cuento...

Ojalá no acabe el cuento...

Recogidas ya las mieses, extinguidos los incendios, fermentado el fruto de la vid en los lagares, me ha tocado al fin la revisión de los tumores. Se confirman mis temores: han de darme más quimioterapia. ‘Es el cuento de nunca acabar’, le protesté al oncólogo. Pero enseguida me di cuenta de la hipérbole. De la chulería de insertar un ‘nunca’ en el final que inexorable ya se acerca. 
Los médicos deben su lealtad a los enfermos, no a los desahuciados. Y a mí todavía me hablan en presente, me involucran y me animan a luchar: ‘Vamos a añadir otro nuevo componente al cóctel; intentaremos mantener a raya esos tumores’. Luego me enumeran los efectos secundarios: hipertensión, aftas, cefaleas, llagas, pruritos, diarreas, vómitos, sangrados… ‘¿Sangrados por dónde?’, les inquiero. No, no es por las narices. Ojalá. Sería como regresar a la infancia. De pequeño no había mes que no me las rompieran en juegos y peleas... Hoy, ay, me volvería a enfrentar a la vida con una mano atada atrás, y aun le concedería cien golpes bajos de ventaja. Lucharía por lo que creo, seguiría mis propias reglas, estaría más conforme con lo que tengo, no me regodearía tanto en lo que soy cuanto en lo que debo a quienes me enseñaron; valoraría las cosas por lo que significan, no por su precio, pisaría más charcos, evitaría más sendas por donde transita la manada, compartiría más tiempo con mi familia y miraría de perfil a mis amigos tuertos. Empezaré sin más dilación a ponerlo en práctica. Nunca es tarde para hacer felices a los que se quedan. 
 ‘Van a ser otros seis ciclos –me informa el de la bata blanca-, de momento’. Yo echo cuentas. Tres meses más. He de subirme a la lona del ring cada dos semanas. Luchar, luchar, luchar… A los puntos -aunque sean de sutura-, he de ganarle a este puto carcinoma. Y además ha dicho ‘de momento’, eso quiere decir que puede haber más enfrentamientos. Que no me da por nocaut. Que no tira la toalla... Y me hago plazos de vida a un año vista. Y me parece bastante, y me conformo; cuando antes, para poder pagar un coche a plazos, maldita sea, cinco años me parecían una nimiedad. Y pienso en el otoño, en los magostos, en las setas, en el vino nuevo; y pienso en que luego vendrá la navidad, en la familia reunida, en los propósitos de enmienda que a mí ya no me afectarán. Me queda todo lo que me falta, ni un día más; tampoco un segundo menos. El presente me reclama como nunca: despierto con el alba, disfruto del ocaso, sueño mientras duermen los demás, me entiendo con los niños, me motivan las sonrisas, oigo en la enramada los trinos de los pájaros y giro todavía la cabeza a la cadencia de unas caderas que me retan al cruzar. Amo, luego existo. Haré rendir tanto el presente que me parecerá una eternidad. La eternidad es ahora. El cielo puede esperar. 
 La analítica muestra que tengo buenas las defensas, me informa el médico ‘¿Te parece que empecemos ya mañana con la quimio?’, me pregunta. ‘Con la cara de otros ando yo a hostias todo el día’, le respondo. Él se ríe. Yo me alegro. Ojalá no acabe el cuento, de momento. Ojalá no acabe, por ahora, la cuenta atrás…