Nanas y cebollas

Una mujer morena/ resuelta en lunas/ se derrama hilo a hilo/ sobre la cuna’. Son versos que Miguel Hernández dedicó a su hijo tras recibir una carta de su mujer en la que le cuenta que solo tienen para comer pan y cebolla. Él está en la cárcel. ‘En la cuna del hambre/ mi niño estaba./ Con sangre de cebolla/ se amamantaba’. Y desde allí le escribe el triste, y hermosísimo poema: ‘Nanas de la cebolla’.
 En la cárcel de la diáspora escuché hace años ‘aquel que dí’ que un paisano, abatido por el desánimo, le confiesa a su compañero de cuchitril que no ha podido ahorrar un duro en todo el mes, pese a haber trabajado como un mulo en la construcción, haber ido caminando a la obra para no gastar en autobús, haber comido en el tajo y haber cocinado el rancho aprovechando los sacos de cemento para hacer lumbre… “¿Y qué comías?”, le inquiere el otro que sí ha podido enviar un diminuto giro. “Patacas con cebola”. “¿Con cebola?”. “Si”. “¡Enton claro, si anduveches con exquisiteces…!”
 Mucho tiempo después, tras sobrevolar en helicóptero ese mar de agricultura intensiva –invernaderos de plástico, para entendernos- que hay en El Ejido, y aterrizar en el aeropuerto de Almería, me llamó la atención el ver a unos tipos más bien ‘saporritos’ (se dice en Sudamérica, viene de sapo: bajitos, barrigones y calvos) enganchados de unos pibones que hacían parar el tráfico. Pregunté. Eran polacas, me explicaron: rubias, altas, guapísimas; habían venido a recolectar pimientos y cebollas. Y terminaron liándose con los dueños del cotarro. Las nativas, algunas repudiadas en santo divorcio, estaban hechas unos basiliscos. 
 Y el otro día en Vilagarcía de Arousa -que fui invitado a cenar a un furancho cuyo nombre no viene al caso- resulta que me atendió una trigueñita muy bonita, y aun así agradable. Antes lo había hecho otra, a media tarde, en una cafetería de la calle principal. Y vi otras cuántas paseando por el parque. Algunas incluso con hijos, más blanquitos. ‘Hay muchas panchitas por aquí’, comenté en voz alta. Y acto seguido me reprendí a mí mismo por ser tan ordinario. ‘Son nanas’, me aclararon. ‘¿Nanas?’. ‘Sí: venezolanas, ecuatorianas, colombianas, bolivianas, peruanas…’
 Somos malos, pensé, los españoles. Malos, en el buen sentido de la palabra. Pero, con la emigración seguro que mejorará un poco más la raza.
 “¿Qué va a tomar el señor?”, me preguntó la trigueñita con una sonrisa que hacía sobrar la luz eléctrica. Pedí una ensalada de tomate, con cebolla, acordándome de la mujer morena, resuelta en lunas, de Miguel Hernández. Y de sus nanas: ‘Tu risa me hace libre,/me pone alas./ Soledades me quita,/ cárcel me arranca…’