Moteles cariño

El penúltimo en entrar fue el ex presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González. Hace unos días soltaron a su compañero de mangancia, Francisco Granados. Las cárceles de nuestro país, para los políticos, son de entra y sale, como los moteles cariño. El poder judicial (más que un “poder” un servicio, con asquerosa frecuencia genuflexo ante el gobierno) ante la estupefacción social generada no tiene más remedio que decretar prisiones preventivas –las definitivas ya son otro cantar- y la movida carcelaria está tomando proporciones de orgullo saturnal. 
 ¡Que los pongan a todos en la calle, coño!, que intramuros de la trena solo hacen deporte, se desintoxican de los excesos de “blue lavel”, amañan pactos de silencio y perfeccionan sus artes depredadoras. Algunos hasta aprovechan para escribir sus memorias y mofarse de nosotros. Que los pongan de patitas –y manitas- en la calle; que les ciñan, si acaso, una pulsera electrónica, para que todos sepamos por qué ambientes no podrán pavonearse, y que les obliguen a trabajar de orto a ocaso hasta que devuelvan todo lo mangado. En caso contrario, que la mínima pena por el menoscabo al erario público –ellos deberían custodiarlo más que nadie- sea de diez años y un día a la sombra. Ni un alborear menos. 


Veamos: Un currela vulgaris -un autónomo, por ejemplo-, que lograse llevar para su casa 3.000 euretes al mes (es sabido que el 50% se lo lleva Hacienda cuando reparte beneficios), acarrearía al cabo de un año 36.000 euros; es decir: 360.000 euros limpios de paja e impuestos al cabo de diez años; o sea: 1.080.000 euros al cabo de treinta años de penurias, trasnochos, angustias y lucha sin cuartel (eso, repito, después de abonarle al fisco otra cantidad semejante). Siendo así, que lo es, ¿quién no firma un año en la cárcel por un millón de euros contantes y mangantes? Yo sí. Y me quedo tan Pujol, tan Rato, tan Blesa, tan hijo de puta como cualquiera de éstos. Yo por un millón de euros firmo por un año sin exponerme a los melanomas; pero ojo, por diez millones diez años a la sombra, ya me toca los cojones, incluso la moral. 


Lo que es de todos no es de nadie, esto es sabido. El que hace la ley hace la trampa, esto también. Pero para quien hace la trampa -con lo que es de todos- ¿qué menos que una ley “ad hoc” que le discrimine de forma im-positiva? La presunción de culpabilidad en estos casos sería salomónica.
¿Y qué político, qué partido, qué poder legislativo, fiscalía o reunión de malhechores al aire libre arroja leyes contra su propia cueva de Ali Babá? Creo que ni dios bendito, y menos si milita en el PP: sus propósitos de enmienda son la cuadratura del círculo de la transparencia opaca: basta ver la defensa numantina que hicieron de su extesorero Bárcenas en el Senado el otro día.


Juzgadlos, a los políticos en general, vosotros mismos. Desconfiad y acertaréis. Por sus casas, sus cosas, sus coches, sus aduladores, sus incumplimientos, sus oídos sordos, sus palabras hueras, sus promesas vanas los conoceréis. Los tenéis a vuestro lado. Alopeor hasta los votáis.