Merca-huomo

Hay que tratar a las princesas como plebeyas, y a las plebeyas como princesas; jamás tuve dudas al respecto, pero ahora, desde el empoderamiento de las féminas, intento tratar a las mujeres como me tratan ellas a mí: con mente femenina. 
El otro día fui al “Mercadona” (el empoderamiento organizacional, ese que otorga poder a los empleados de una empresa, allí brillaba por su ausencia): tres kilos de naranjas, un bote de alcaparras, tres packs de salmón ahumado y una caja de toallitas refrescantes: total: 34,08 euros. Me encanta hacer la compra, no sé porque no se llama “Merca-huomo”. 
No encontraba las alcaparras y le pregunté a una feúcha que reponía las estanterías. Me acompañó solícita, pero la vi intentando leer “alcaparras” en un bote transparente de espárragos y deduje que era una esclava de refuerzo, reclutada para la campaña navideña. Su sonrisa lo decía todo: “no tengo ni pajolera idea”. “No importa”, me despedí comprensivo. Ni un mal rictus en mi voz.  
Con las toallitas refrescantes me pasó algo parecido: no las encontraba individuales y, esta vez, me dirigí a la más guapa: “Hola”. “Hola”. Parecía una ejecutiva. Me atendió de puta madre. Me resolvió el problema a la primera. “Pensé que estabas con alguna promoción ajena a la cadena”, dije. “Soy la gerente de la tienda”, sonrió. “Gracias, Silvia –llevaba el nombre en la solapa- se nota la distinción”, añadí sin pasarme un pelo de la raya. Volvió a sonreír. Sí. Pero la noté estresada.
Fue a la hora de pagar cuando perdí la equidistancia. Esta vez sonreí yo primero: la sonrisa es la música del alma y amansa a las cajeras; ella esbozó una mueca de artificio (yo la interpreté de dolor: sabe dios cuántas horas llevaría en aquel tormento) y, a mayores, me dio las buenas tardes. “¿Va a necesitar bolsa?”, inquirió. “Sí”, respondí. “¿Grande o pequeña?”. “No sé, sugiéreme tú”. “Yo me limito a preguntar, usted es quien debe elegir”, me contestó (mal) adiestrada. Colegí que seguía instrucciones de la empresa, y aquello me tocó la moral. “Grande”, decidí, aun a riesgo de contaminar más el planeta. Eran las cinco de la tarde. “Ya luchan la paloma y el leopardo / a las cinco de la tarde”, escribió García Lorca.
Resulta que comienza a pasar los productos por el lector del código de barras y me dice: “Hoy estamos recomendando el chorizo ibérico”. (Lo que le han dicho que diga, por supuesto). Aquello ya me tocó los cojones: “Eres incapaz de sugerirme el tamaño de una bolsa de plástico, y te atreves a recomendarme el chorizo ibérico”, le hice brotar los colores. 
“Las heridas quemaban como soles / a las cinco de la tarde, / y el gentío rompía las ventanas...”, pensé en el poeta granadino. Y también pensé que en “Merca-sorna”, no es risa todo lo que reluce.