Mal de muchos, epidemia

Mal de muchos, epidemia

Ojos que no ven, hostiazo que te metes. Dime con quién andas, y te diré con quién vas. Mal de muchos, epidemia. Y así. Cargarse los refranes populares mola, ¿a que sí? “Una única muerte es una tragedia –decía el carnicero Stalin-, un millón de muertes es una estadística”. Esto ya no causa tanta gracia, ¿a que no? 
 Aunque yo solo sé que no sé nada, que dijo aquel obstetra de las ideas, no paro de parir lucubraciones: Si en Madrid (pongamos que hablo de Caracas: más o menos los mismos habitantes) hubiese treinta muertos diarios por Évola, o por la gripe A, que este año está rabiosa, o por un brote de cólera, ¿qué pasaría? La de dios: Arderían los platós, se incendiarían las corralas demagogas, quemarían al ministro del ramo, y a los ciudadanos nos abrasarían a restricciones; es más, el mundo entero estaría en ascuas, los gobiernos tomarían medidas preventivas, las autoridades (in)competentes las aplicarían al revés, los aeropuertos al extremo. Un sindiós.
 Pues bien. En 11 de los 18 países de América Latina, los homicidios superan el ránking de 10 casos por cada 100 mil habitantes. Una pandemia, según los estándares de la OMS (Organización Mundial de la Salud), que a veces nos mete el miedo en el cuerpo por un quítame allá esas décimas de fiebre, o enriquéceme esa industria farmacéutica a base de sembrar alarma. Ni siquiera –entiéndase bien, por favor- los miles de inmigrantes que pierden la vida en el Mediterráneo suponen una cifra tan espeluznante. 
 Además, estas muertes violentas afectan a todo Centro y Sudamérica, incluidos Brasil y México, que tienen más población ellos solos que toda la Unión Europea pseudo-junta. Luego están Nicaragua, Honduras, Venezuela, El Salvador, en donde la proporción roza los límites de un holocausto atómico. 
 Otrosí, vergonzante: los latinoamericanos tienen nuestra misma religión: El quinto no matarás; el décimo no codiciarás los bienes ajenos. El Vaticano se nutre allí de fieles, dádivas, y amor propio al tener tantos seguidores. Ejerce su apostolado inter crural con mano férrea: El sexto no fornicarás. La vida que les interesa salvaguardar es la de los no natos. 
 América fue descubierta y colonizada por la Europa imperialista de la época. Hablan español, portugués, francés, inglés, porque nada tiene que ver esta pandemia violenta con la pobreza: Haití, Martinica, Jamaica, Trinidad y Tobago son, en general, más respetuosas con la vida que la Iberoamérica petrolera, en donde, por desgracia, hay más paisanos nuestros emigrados. 
 Pero qué. En Galicia también hay un proverbio (des)atinado para estos casos: ‘Que cada can se lama o seu carallo’ (en otros sitios dirán cipote, verga, polla, bálano). Y eso es lo que pasa: que a nadie le importa un ídem estos países hermanos. ¡Que se maten, que se jodan entre ellos, con tal de que no vengan a joder a Europa! 
 ¿Y la ONU? ¿Qué dice la ONU? La ONU no dice ni siquiera RIP. Y eso que a sus puertas –yo lo vi con estos ojos de gallego desconfiado- obra del escultor sueco Reuterswäd, hay un revólver con el cañón anudado. Va a resultar que lleva razón Trump, el Barba Roja americano: ‘La ONU solo sirve para rajar y estar de cachondeo’. Y para que Israel se pase sus resoluciones por el arco de los esfínteres. 
 Una pena.