La magia de la vejez

La magia de la vejez

Pelo ceniciento, ojos enfoscados, manos sarmentosas, mil soles e intemperies en su gesto. Al verlo me vinieron a la mente esos viejos aeroplanos, descascarillados y lúgubres, que con tripulaciones engalanadas y sonrientes han conocido épocas de gran boato y esplendor, que han desafiado y vencido los cielos de mil regiones –a veces en conflicto- y que, humillados, alicaídos, aplastados contra el suelo, se pudren en cualquier aeropuerto menor sin que nadie sepa muy bien qué hacer con ellos ni qué destino darles.
 Se sentó a mi lado en la parada. Solo. Serio. Silencioso. Me pregunté qué edad tendría. Nacido en entreguerras –aventuré-, criado en el racionamiento, educado en la obediencia ciega, carente de oportunidades, de libertad; machista, sexista, patriarcal, austero con sus gastos, severo con sus hijos. ‘Hola’ tanteé. ‘Hola’, musitó. ‘Parece que vai chover’, añadí. ‘Dio-la traiga’, sonrió. Y luego, Cervantes o Rosalía, fue fluyendo el circunloquio. 
 Él habló más: La hambruna. La postguerra. La dictadura. La mar. El desarraigo: cinco años en la pesca de bajura; otros diez en los caladeros del Gran Sol. Total, media vida navegando: dos naufragios, una indemnización por accidente laboral, y tres hijas como tres tesoros. ‘Las estudié a todas’, me dijo. ‘Procuré que fueran unas señoritas como Dios manda’, presumió. ‘Caseinas, con homes de principios’. Me horroricé: ‘¿Ninguna se ha divorciado?’. Negó con la cabeza. ‘Os fillos fan o que un fai, non o que un predica’, sentenció. Les dio lo imprescindible –me contó-: ‘¡Pero nunca lles quitei ollo de encima!’; y aunque él singlase en alta mar, se aseguraba de que ellas estuvieran en casa al anochecer, de que ayudaran a su esposa –ya finada- en las faenas cotidianas, de que preservaran honra y hacienda por encima de la vida. En el pueblo nadie tuvo nunca nada que decir. Ni siquiera de él: sus amores los tuvo todos en un puerto. Quizás por eso le salieron las tres hijas a medida: una es médico, la otra es juez y la más pequeña todavía está estudiando. No digo lo que me dijo de las hijas –y los padres- de hoy en día porque, como las rosas, las verdades pueden hacer daño. 
 Nos separaban los años, no la forma de entender la vida. Este siglo ha empezado con demencia senil, me dije: nos olvidamos de recordar; solo tenemos nostalgia del futuro, anhelo desmedido por las nuevas tecnologías… De pronto lo noté preocupado. No dejaba de mirar el reloj, de otear calle arriba, de removerse en su asiento. Hora punta. El tráfico a rebosar de prisas atascadas. 
 ‘¡Abuelo! ¡Abuelo!’, chilló una voz infantil por encima del rezongar de la avenida. Sus ojos brincaron, llenos de vida, como las agujas de los instrumentos de un avión cuando se encienden las turbinas. ‘¡Abuelo! ¡Abuelo!’: el autobús escolar se había detenido un poco antes. ‘¡Abuelo! ¡Abuelo!’… El viejo se apresuró hacia la escalerilla… ¡Qué algarabía! ¡Qué abrazo! ¡Qué exaltación! ¡Qué manera de celebrar un encuentro entre dos generaciones! Era su nieta. Hija de la hija más pequeña. Hija del amor, no hija de soltera: nada de abortar. ‘¡A casarse!’, les había exigido a los amantes. Él se la cuidaría hasta que ellos terminaran la carrera...
 Se fueron china, chana, calle abajo; entre sonrisas; cogidos de la mano; diciéndose caricias. Hoy, pensé, cuando cada vez hay más padres tramitando en los juzgados órdenes de alejamiento para protegerse de los monstruos que han criado, a aquella nieta y a aquel abuelo no los separaba nada.
 ‘Quemad viejos leños, bebed viejos vinos, tened viejos amigos’, decía Alfonso X el Sabio; y viejos preceptores, añadiría yo. Temblorosas, arrugadas, deformadas por la artrosis; pero la educación de aquella niña estaba en buenas manos.