Los generalitos

Bastardos con ADN de Prada, hijos de la abundancia, emperadores en modo Kim Jong-un que se creen los dueños del planeta. Les molesta nuestro contacto visual, nuestra presencia y hasta nuestra sombra. Campan a sus anchas, por sus fueros, de golondro y de por vida. “Pienso, luego exijo”, es su razonamiento existencial; “noli me tangere”, su grito de guerra; “que te jodan”, su divisa. 
 Los de mi generación fuimos hijos de la culpa, crecimos con el marchamo de delincuentes presuntos, éramos responsables de todo mal y sparrings de toda ira. Nos zurraba el padre, la madre, el maestro, el cura y quienquiera que llevara uniforme ya fuera el sereno de la esquina. Y si no llegaba, mandaba el garrote, el bastón o el vergajo que solían llevar encima los mayores para librarse de todo zascandil. “La letra con sangre entra”, nos decían; “el que no coge consejo no llega a viejo”, nos convencían; “cuando seas padre comerás huevos”, nos vencían. No pedíamos ni árnica. El único derecho que teníamos era a permanecer callados.
Hoy no. Hoy los pequeños saltamontes no son sino garrapatas que viven mortificando a todo dios; nadie se libra a su tiranía: padres, profesores, vecinos o comunidad animal. Poseen el mismo (des)equilibrio emocional que el de sus horarios alimentarios: se sientan a la mesa cuando tienen hambre, no saben manejar los cubiertos, solo el smartphone, y si participan en la conversación es para vilipendiar a quienes les sirven de criados. 
 Procaces y egocéntricos, la mirada desafiante, el alma de metal y la empatía de los cuervos no se enfrentan a las dificultades, ni a la incertidumbre, ni a sus limitaciones, se enfrentan a quienes los cuidan, a quienes los consienten, a quienes los aturan. No son hijos de mejor padre ni madre que sus progenitores, pero son, ¡ay!, fruto de su connivencia, quizás de su denuedo: los mantuvieron sietemesinos en la incubadora del cariño, no les posibilitaron el aburrimiento, les complacieron todos los caprichos, les resolvieron todos los problemas y, lo peor, no les conminaron a conectar consigo mismos, a seguir sus sueños, cuando sus sueños eran los que sabían el camino. 
 Ahora, luzbeles divinizados, henchidos de autoestima artificial, hedonistas cinco estrellas, generalísimos generalitos están que se salen, pero siempre con la suya. Es normal. Y es sabido: la permisividad excesiva es una forma de maltrato. 
 Por amor no se debe aceptar el chantaje de nadie, y menos el de los hijos… Menuda putada, porque “amor vincit omnia”. Menos mal que esta guerra no es la mía; la mía ya fue librada hace mucho tiempo. De todas formas lo decían también los romanos: Vae victis!