Unos lloran, otros es para llorar

Unos lloran, otros es para llorar

Los hombres sí, lloran, pero nadie lo hace en el fragor de una pelea. Ni siquiera los cobardes. “Llora como una mujer –le dijo la sultana Aixa a su hijo Boabdil- lo que no supiste defender como hombre”. Iba camino del exilio en las Alpujarras, fue coronar un collado, volver la cabeza, contemplar la Alhambra, y ponerse a hacer pucheros como una Magdalena. Leyenda o no, el monte se conoce como ‘Suspiro del Moro’.
 ¿Por qué lloró Pedro Sánchez, el duro, el inflexible, el del ‘no es no’, el de los pactos secretos con el secesionismo? ¿Por él?, ¿por el Partido?, ¿por España?, ¿por lo que pudo haber sido y no fue, al no poder mangonear en la Moncloa? Mangonear, sí, como todos: in eligendo, in vigilando, in embolsado privilegios: pensión vitalicia de 80 mil pavos anuales, cero incompatibilidades con las puertas giratorias, gastos de oficina, coche oficial, escolta, derecho a formar parte del Consejo de Estado (otros 75.000 del ala), así le dieran la patada al cabo de una semana… Tal vez sea por esto. Tal vez llorase de rabia. ‘Denme a mí tales prebendas y rómpase el PSOE, la nación y el eje del planeta’, habrá pensado. Cuchillas de cocodrilo son sus lágrimas. Herido en su ambición, le hará más daño a su partido que Almanzor a España.
 Lo otro es para llorar: Viriato, Trajano, el Cid Campeador, Don Pelayo, Hernando de Magallanes, Blas de Lezo, Daoiz y Velarde, Gonzalo Fernández de Córdoba (el Gran Capitán), Churruca, Gravina, Agustina de Aragón (que mira tú por donde, se apellidaba Saragossa i Domènech y era catalana de padre y madre), María Pita… Y que uno, en esta península gloriosa, tenga que ser por fuerza compatriota de este ‘Rufián’ de poca monta. Denle a este mal nacido carta de libertad de una maldita vez. Maldita sea, este menda –Gabriel Rufián Romero, hijo y nieto de emigrados andaluces- no merece ser ni catalán. Cataluña no paga a traidores. Lástima de mili obligatoria para insuflarle a hostias algo de sentido patrio a este chulo de escaño. ¡Ay, Franco, Franco, qué poco duró ese hombre!... Suum cuique, por supuesto, no jodamos.