Let's go

Admiróse un portugués/ de ver que en su tierna infancia/ todos los niños de Francia/ supieran hablar francés”. Hoy Leandro Fernández de Moratín ridiculizaría a un españolito; los lusitanos hablan con soltura varias lenguas, incluida la nuestra. 
 De niños, abiertos de par en par los ollares de la curiosidad, aspiramos la vida que hay a nuestro derredor con la avidez e un perro hambriento. Hacemos tal como vemos, creemos, hablamos, vestimos, caminamos. Abrevamos en los hontanares de nuestros predecesores, así estén contaminados de ignorancia. 
 Yo, de pequeño, me empecinaba en hablar como el Llanero Solitario; no en repetir sus frases, sino en ser capaz de pronunciarlas sin despegar los labios. En las películas –dobladas al castellano por el régimen franquista para desalentar el aprendizaje de otros idiomas y propiciar la cerrazón mental- jamás coincidían los movimientos de la boca y el sonido; y yo creía que eso era una habilidad propia de sheriffs, cowboys, indios y demás archipámpanos del salvaje Oeste que, enfervorizado, trataba de emular; como montar a caballo, o disparar con ambas manos. 
 Si de chico hubiese podido ver las películas en versión original, subtituladas de manera culta aunque sintáctica, en la que se cuidara la traducción y se respetaran los diálogos, con lo que me fijaba, hoy escribiría como Azorín, leería mejor que un presentador de telediario y me entendería hasta con Harry Potter. 
 En tiempos del “Generalísimo” se hizo una ley de defensa del idioma, como paradigma y símbolo de identidad nacionalista; tampoco se permitía registrar un nombre que no fuese genuinamente español y se censuraba/clausuraba hasta la película de la vida de algunos ciudadanos. Los tiempos han cambiado. La industria del doblaje, por muy arraigada que esté en nuestro país –y muy considerada en el resto del mundo- no puede seguir imponiendo su marchamo. Creo que conforma un lobby de presión –y comisión- que ya no tiene razón de ser. Algunos, si por ellos fuera, traducirían hasta las películas de Cantinflas. 
 Estos días están de huelga los dobladores en la Comunidad de Madrid. El gremio ignorado, dicen. Es verdad que si no fuera por ellos, series como “The big bang theory” o “Dos hombres y medio” dejarían de ser vistas por un gran número de espectadores, que se pasarían a “Gran hermano VIP” o “Sálvame naranja”. Una desgracia. Pero también es verdad que algún día habrá que empezar a cambiar; a no desgraciar la voz original de los actores, ni los matices de los diálogos, ni el sentido de las frases, ni el sentir de los guionistas. Y a aprender otras lenguas, sobre todo nuestros peques; si no, de mayores, les ocurrirá lo que al portugués de epigrama de Moratín, cuando visiten Francia: “Arte diabólica es/ que para hablar en gabacho/ un ‘fidalgo’ en Portugal/ llega a viejo, y lo habla mal; / y aquí lo parla un muchacho”. Les’t go, que diría Xaquespeare.