La señora maestra

La señora maestra

Con ella aprendí los diez mandamientos, el “yo pecador” y a santiguarme; pero también supe que había otras doctrinas, otras liturgias y otros modos diferentes de pensar.
 Con ella aprendí a leer, a escribir y a declinar los verbos irregulares; pero también aprendí a respetar a los mayores, a los ancianos y a los analfabetos. 
 Con ella canturree la tabla de multiplicar, los ríos, las capitales, y el 'prietas las filas': “firme el ademán”, me corregía, “a-de-mán”, porque yo me empeñaba en poner enhiestos a los oriundos de Alemania.
 Con ella me inflamé de orgullo patrio: Numancia, la Reconquista, el 2 de Mayo; también de un reivindicativo sentimiento galleguista: “Castellanos de Castilla,/ tratade ben ós galegos;/ cando van, van como rosas;/ cando vén, vén como negros”; sin embargo perdí los complejos a una emigración, a la postre ineludible, que nunca me hizo sentir inferior: pilotos, farmacéuticos, empresarios y otros ciudadanos de pro, salimos de aquella insignificante escuelita.
 Con ella lloré leyendo “Corazón” de Edmundo de Amicis, reí con las aventuras de Don Quijote, me emocioné con “El embargo” de Gabriel y Galán y me hice más cauto con las fábulas de Samaniego; pero también aprendí a luchar contra la adversidad y el desaliento. 
 Ella era la Larousse, la Wikipedia y el Internet de aquellos tiempos; la cónsul honoraria de los países a los que emigraban nuestros paisanos, la enfermera que nos curaba las heridas que nos causábamos jugando, la psicóloga de los niños maltratados. Hacía recomendaciones por buen comportamiento para los que se iban, traducía contratos de trabajo para los que querían hacerlo, consolaba a las “viuvas dos vivos”, y discriminaba de forma generosa a los más necesitados. 
 “¿Cuántos burros sois?”, preguntó cierto día antes proceder a repartir, como cada viernes, la leche en polvo que enviaba el Gobierno americano y que se distribuía en las escuelas (sin duda estaba desesperada por nuestro lento aprendizaje). “¿Cuántos burros sois? –repitió- que cuente alguien”. Y el “bazunchiñas”, el más pequeño, el que escribía “ceridos” Reyes Magos, el que exhibía dos velas permanentes debajo de la nariz –porque en aquella escuela había niños de todas los abriles y todos los inviernos- contestó diligente: “¡Con vostede vinte, señora maestra!”. 
 Solo ella entendió aquella ironía, de la que se estuvo riendo y riendo muchos años.
 Luz Álvarez Vázquez era la maestra de Gomariz, a cuya escuela unitaria “chova, neve ou caigan chuzos de punta” ella acudía cada mañana caminando campo a través desde Baltar (ida y vuelta son 5 kilómetros); que a medio día no le quedaba más remedio que comer en una fiambrera; que en invierno pasaba mucho miedo al cruzar “a cortiña do médico” -más de una vez, sobre la nieve, vio las huellas de los lobos-, aún tuvo tiempo de criar a tres hijos, de llorar a un cuarto que falleció al nacer, y de sacar en los 60 el carnet de conducir, la única mujer que tenía coche en el contorno. 
 Yo la amaba. Todavía puedo sentir su dulzura en mi cuello, su voz, su calor, el olor de su piel cuando me tomaba la lección. Gracias señora maestra por tantas enseñanzas. Y allá donde estés, mamá, te sigo echando en falta...