La segunda floración

La segunda floración

Se acercó al mostrador de embarque; voz sosegada, pelo canoso, porte aristocrático; gallardo a pesar del rigor del almanaque. Un tipo viajado, pensé. Pensé que estaba pidiendo  explicaciones por el retraso del vuelo. Pero no, estaba pidiendo discreción. Enseguida me percaté de que se trataba de don Jorge Mario Pedro, “I Marqués de Vargas Llosa”.
Premio Rómulo Gallegos; Premio Príncipe de Asturias de las Letras; Premio Cervantes; Premio Nobel de Literatura; doctor honoris causa por varias universidades del mundo; “Marqués de la real cojudez”, como le motejó un articulista; Varguitas, como le llamó su tía Julia, y primera esposa; bígamo, incestuoso, felón (por traicionar a Patricia, la prima hermana y su segunda esposa, y liarse con la reina de corazones filipina), como lo vituperaron otros muchos.
Capaz de enfrentarse a los hijos, a las “ex”, a amigos y a enemigos, a su buena o mala reputación, por encima de todo Marito, “que (no) solo sirve para escribir”, es un afortunado suicida: “beber veneno por licor suave,… / esto es amor, quien lo probó lo sabe”, dejaba escrito ya en el siglo XVI el Fénix de las letras. 
Detrás iba ella, elegante, casual, inspiradora; la ex de Iglesias, de Falcó, de Boyer; prêt-à-porter (mujer lavada, mujer estrenada), eterna pubescente. Quietos, serios, solos, sabios ambos esperaron alejados de la insustancialidad que se adocenaba en la puerta “E 21” del aeropuerto de Miami. El amor te da alas para superar todos los obstáculos: la mayoría de los pasajeros ni se percató de la presencia de los dos enamorados.
El Iberia 6118 con destino a Madrid salió con retraso; el Airbus 330 correteo vibrante por la pista y se estampó contra la noche; arrebujado en clase turista, mientras se iba acrecentando mi tortícolis, iba pensando en el escribidor y en su laberinto hedonista. Y sentí envidia. “Cotidie morimur”, pensé. Pensé: el tiempo no nos ignora, la vejez es un privilegio que no todo el mundo puede disfrutar, la importancia que le damos a la juventud nos hace perder de vista la floración que la vida nos reserva.   
Y aun pensé más: ¿Quién no siente temor ante esa puerta abierta que hemos de traspasar al final de nuestros días? Nadie. Pero solo quien es capaz de “olvidar el provecho, amar el daño; / creer que un cielo en un infierno cabe, / dar la vida y el alma a un desengaño”, es capaz de sortear esa marea en continuo retroceso que es la vida.     
El avión iba rasgando la noche en dos mitades. Yo iba intentando escribir “La vida al vuelo”. Las turbinas parecían burlarse: la literatura –repetían- es siempre una mentira, el amor es la única verdad... Dicen –volví a pensar- que para ser viejo y sabio primero hay que ser joven y estúpido. Puede ser. Pero Isabel y Mario seguirán siendo jóvenes y sabios; porque si envejecer es la única manera de alargar la vida, estar enamorado hace que la sintamos florecer.