La huérfana

Con sigilo, casi con escalo, a traición, con nocturnidad y alevosía, la madre se fue de casa robándole a aquella niña el corazón. El corazón era la carnada para repescar a su marido. La había abandonado en el puerperio. Viuda de vivo, cuidó de la pequeña en soledad, la amamantó con sus lágrimas y la arropó con sus besos. Dormían siempre juntas. 
Pero ella era una mujer todavía joven. Virtuosa. Deseada. Pasaba en blanco las noches, en negro las emociones, in albis los despertares. Y estando el marido ausente, estaba el amor en menguante y la pasión en creciente… Y los hombres al acecho. 
 Habían transcurrido diez años. Penélope de tierra adentro, antes de tener que arrepentirse, abandonaba su Itaca para recorrer los mares en procura de su Ulises. “Los gallegos no protestan, emigran”, lo dijera Castelao. Pero las gallegas se quedaban en sus casas, les guardaban las ausencias y criaban a sus hijos.
 Un buen día dijo basta. Se lo planteó a sus suegros; vendieron un becerro, arregló los papeles y se fue. La niña quedaba en otras manos. Eran buenas. Pero eran las terceras. La casa, como tantas en Galicia, era una casa de aldea: tres vacas, un par de cerdos, un gallo que alegraba las mañanas y unas cuantas gallinas ponedoras. La niña ya empezaba a hacer preguntas, ya le apuntaban los senos, ya escuchaba decir obscenidades a su paso, ya sus amiguitas hablaban de la regla. Su madre le era imprescindible, se adelantaba a sus dudas, le despejaba el camino, le ahuyentaba los recelos… ¡Ay! 
 Aquella mañana el despertar no fue como los demás. Nadie la llamó para ir a la escuela. Ella barruntaba algo: había visto unos zapatos de tacón y un vestido nuevo en el armario; varias veces había sorprendido a su madre posando ante el espejo, muchas más llorando tras las manos; había oído rezar a su abuela, blasfemar a su abuelo, cuchichear a los vecinos; incluso, más que ahora, había oído hablar y hablar de Venezuela… 
 Se levantó hablando sola, como una loca. Como una loca la buscó por el sobrado, bajó a la huerta, subió a la fuente, corrió a los soutos, miró en el hórreo, gritó: ¡mamá!, ¡mamá!, ¡mamá!, hasta quedar afónica. Como una loca se ocultó en el gallinero: las gallinas andaban por la rúa y a ella la consolaba acariciar a los pollitos, amarillitos, “me quiere”, “no me quiere”, jugar con ellos, como en el juego -perverso juego- de deshojar las margaritas en los despechos. 
 Como locos la buscaron los abuelos: preguntaron a los vecinos, a los otros niños; salieron a los campos, informaron de su vestimenta a los labriegos de otros pueblos; buscaron en los pozos, imploraron a los santos, gritaron: ¡nena!, ¡nena!, ¡nena!, hasta quedar sin resuello.
 Y al anochecer, cuando fueron a cerrarle al zorro las gallinas y la encontraron se quedaron, si cabe, más afásicos: Enloquecida por la rabia, cegada por la impotencia, envilecida por la envidia, como si fueran arácnidos, pisoteándolos, había espachurrado uno tras otro a todos los pollitos. 
 “Ellos tenían mamá, tal vez fuera por eso”, se despertó sollozando la otra noche. En un zureo de besos la fui arrullando hasta que logró dormirse. Que nadie se extrañe. Aquella niña huérfana es hoy la madre de mis hijos, la abuela de mis nietos.