"In vino veritas"

"In vino veritas"

La frase completa es: “In vino veritas, in aqua sanitas” (en el vino está la verdad, en el agua la salud). Pero no sé yo. Puede que a aquel marinero le sacaran los puntos en un control de alcoholemia, pero estaba más sano que un noray de acero inoxidable. Tal vez lo que se le subiera a la cabeza no fuese el vino sino el “prusés”, Puigdemont, “Junts pel sí”, la Cup y su puta madre. Tal vez no supiera de política, pero el áncora no sabe nadar y siempre va por el agua.
“Los marineros son las alas del amor”, escribía Luis Cernuda. Para mí, mucho más prosaico, era un “mariñeiro”. A secas. Paisano, sabio, paciente y temeroso de Dios. Y, además, filósofo practicante: “No hay viento favorable para el marino que no sabe dónde ir”, decía Séneca. Aquel hombre tenía una fijación en su rosa de los vientos: España.  Estábamos en un bar en Santa María de Oia, en donde “sub regula beati benedicti” los monjes que allí vivieron además de introducir en la zona la cría de caballos en libertad –“a rapa das bestas” da fe de ello-, demostraron su valor como “monjes artilleros” al provocar el hundimiento y huida de cinco bajeles turcos que hostigaban la costa gallega. Eso fue en 1.624.  Pues ayer, mientras emitían por la tele las noticas de la vergüenza, aquel nauta de bajura, aquel “homo normalis”, aquel “beodo sapiens”, entre “cunca” y “cunca” de albariño disparó verdades como bolaños de bombarda.
Hablaba en gallego y mandaba al “carallo” a todo dios (“carajo” era antiguamente la cesta situada en lo más alto del palo mayor de los barcos, desde donde se divisaban los peligros, y a donde el capitán enviaba a aquellos marineros menos cumplidores a pasar frío y vértigos: de ahí la socorrida expresión). Pero nuestro “mariñeiro” la utilizaba con toda la connotación sexual que lleva implícita: “¿Quieren irse?, que se vayan al carallo. Pero antes que paguen. ¿En qué cabeza cabe pretender quedarse con el Puerto de Barcelona, y con el Aeropuerto del Prat, y con el AVE, y con las autopistas, y con la “Fira de mostres” y con todas las edificaciones de la Ciudad Olímpica, por la jeta? ¿Y todas las infraestructuras y todos los monumentos que hay en Girona, Lleida, y Tarraco -patrimonio de la humanidad y más romana que las termas de Caracalla-, también se lo van a quedar? Un “Brexit” a la catalana: no se quieren ir, quieren que nos vayamos. Si yo mandara iban a saber lo que vale un país. Primero que pongan encima de la mesa un aval por diez veces su PIB para pagar el mobiliario, y luego ya hablaremos del traspaso”. Señalaba a la pantalla, le metía otro par de sorbos a la “cunca”, se tanteaba la entrepierna: “¿Cómo nos piensas pagar Puigdemont, con chapas de cerveza? ‘¡Bono lixo’ y Generalitat vienen a ser la misma mierda!”. 
“Boh, cala home, qué barallas”, lo atajó, dándome de ojo, un feligrés al percatarse de mi presencia. El “mariñeiro” aún hizo otra reflexión que me dejó estupefacto: “Sí, que si creyeran de verdad en la Independencia, iban a dejar su dinero en los bancos españoles. Por el carallo. Éstos lo que buscan es un “Estatut” a su medida, no en forma de embudo, sino de tolva”.
Entonces di las “Buenas noches”, pero como el paisano que estaba tras la barra del tugurio me preguntó que si yo era un fraile del cenobio me temo que se me escapó lo que estaba rumiando mientras escuchaba a aquel fenómeno: “In stercore invenitur”, que quiere decir “en la inmundicia lo encontrarás”. Y me refiero al tesoro de la sabiduría.