Hímenes y sotanas

Hímenes y sotanas

Antes, la palabra dada era dogma de fe. Incluso los dioses, que están por encima de los dogmas, la acataban. ‘Una palabra tuya bastará para sanarme’, perfumaba mi madre sus labios con el rezo. Una palabra dada bastó para citar a declarar como testigo al primogénito de Dios: ‘A buen juez, mejor testigo’, que escribió José Zorrilla.
Antes, si uno andaba de picaflor, no se iba de rositas: “Leandro Pérez Zambullo, aprendía a gato por el caballete de un tejado huyendo de la justicia, que le venía a los alcances por un estupro que no había comido ni bebido” -se lee en el ‘Diablo cojuelo’-; y es que en el pleito de acreedores de una supuesta doncella, se pretendía que el pobre Leandro “escotase solo, lo que tantos habían merendado”.
Antes, y no hace falta que nos remontemos al siglo XVII, había que casarse por el hecho de echar un canivete. Yo mismo fui testigo –y juez, aunque no parte- de un quebrantamiento de promesa. Al parecer, según sostenía la agraviada, un galán la había llevado al huerto bajo la promesa de llevarla al presbiterio. El perjuro era de Xinzo, la doncella de Allariz. Allá que nos fuimos en comandita y mala nueva –tenía que pasar por la vicaría sí o sí- el padre de la susodicha, el cura, y yo, que era el que tenía coche, aunque no las tenía todas conmigo: ‘Las féminas lloran como el cocodrilo para conquistar a los hombres, luego los devoran’. Aunque con el clero no rige el refranero.
El cura, un hedonista y rubicundo Panza, había declinado en un primer momento ejercer la portavocía: “Fala ti rapaz, que estás máis versado nestas cousas”, me dijo; pero no: en aquella época conjugar el verbo eterno sin contraer nupcias era un privilegio más bien propio de sotanas y tonsuras; pero como de camino a Xinzo nos paráramos a tomar un tentempié, al salir, el cura, bajo la euforia del morapio, se ofreció a ejercer de Quijote y desfacer cruz en ristre aquel entuerto.
El mozo nos recibió cortés, aunque gallardo; atrincherado, eso sí, en su negativa a cumplir “como un home”, según le exigía el abad, por “roubarlle a honra” a la pobre rapaza. A mí me llevaban los demonios: ‘Si vas a la guerra, reza una vez; si vas a la mar, reza dos; si vas a casarte, reza tres”, pensaba. El padre de la moza, cabizbajo, fumaba y escuchaba. El cura capaz de orientarse en los efluvios del aloque, dijo que así, “roída do rato”, nadie la iba a querer para casarse. Ahí se revolvió el mozo con un escorzo de alimaña: “Roída do qué?, roída do qué, oh?”. El cura improvisó un latinajo. “Señor abade, déixese de leria –se defendió el muchacho- onde il vai que a rapaza xa estaba…”. Se contuvo. Envuelto en su negrura córvida, el abad mascullaba imprecaciones con voz estropajosa. “Señor  abade, vostede ben sabe que xa estaba...”, insistía el muchacho. “Xa estaba qué?”, quiso saber el padre. El mozo le dio de ojo: “Picada do corvo”, dijo.  El cura comenzó a sudar, se le quebró el color, aflojó el alzacuello y pidió sentarse. El padre tosió una blasfemia, se caló la boina y miró al soslayo. Yo malicié: éste lo capa… Fuímonos y no hubo nada.