Hablemos de follar

Hablemos de follar

Tengo una amiga con la que, de pascuas en ramos, quedo para hablar de lo divino y lo mundano; cuando la conversación decae ella siempre la aviva con el mismo comburente: “¡Hablemos de follar!”.
Mi amiga es divorciada, frisa la edad del encanto -quien tuvo retuvo-, en su léxico no hay nada prohibido; ni en su cama –me asegura- si la saben desnudar con la palabra: “A  las mujeres nos entra el amor por los oídos”, me camela.
Casanova decía que era más fácil conquistar a las mujeres de dos en dos. En mis años venéreos también me tiraba a plácet abierto a por la fea; detrás, mansita -hay que tratar a las princesas como plebeyas, y a las plebeyas como princesas-, tras el ramal de la vanidad, a veces venía la bonita. Quien dice a veces dice ‘tú de qué vas’.
Me gustaban las pelirrojas. Tenía una tesis no del todo desmontada hasta el momento: ‘Todas las mujeres son golfas, mientras no se demuestre lo contrario; menos las pelirrojas, que aunque se demuestre lo contrario, siguen siendo golfas’.
Mi amiga es pelirroja. Y hasta ahora solo me ha demostrado que no hay dios que la toree: “Todos los hombres son libidinosos –me dijo el otro día tirando a dar-menos los viejos; que aunque se demuestre lo contrario, siguen siendo repelentes”. También me dijo que ‘Viagra’ quería decir ‘viejos agradecidos’, y que por mucho gimnasio, por mucho bronceado, por mucho tinte o por mucho peluquín, las mujeres solo los quieren por dos razones: por dinero, o por error: porque creyeron que lo tenían.  
Mi amiga, pelirroja natural, no va de peluquería como casi todas las mujeres que van próximas a la cincuentena  (un guía turístico alemán me aseguró que es capaz de distinguir a una señora española por el ‘rubio de frasco’ y por el peinado ‘rulo estándar’, antes de cruzar los Pirineos); mi amiga lleva el pelo ‘blanco práctico’ y cuando se le alborota lo sujeta con un laca ‘goma elástica’. Ahora bien, tiene un poder de seducción tan estridente que si un escrache se considera delito por incitación al odio, las tetas de mi amiga tendrían que estar prohibidas por incitar a la perdición. Lo digo yo, que como me llamo ‘vatio por segundo’ tengo malos ratos, pero no malos gustos. 
El caso es que cada vez que mi amiga me dice “hablemos de follar” yo me debato entre la indeterminación y el desconcierto: ¿será verdad?, ¿será por provocar?, ¿será so… ?; pero me mantengo en los lindes de la prudencia por si, dando un pollazo al frente, me sienta de un revés. El otro día, auto consolándome, me dije: ‘un pescador tiene una caña, si no pesca hoy pescará mañana’. Y seguí tan erótico-galante como siempre, convencido de que la medida del interés es el desdén. 
El caso es que cuando nos despedíamos, volviéndose hacia mí con el escorzo desafiante de una Venus desabotonada me espetó: “El problema ya no es que los hombres recurráis al vademécum farmacéutico para compensar los estragos de la edad; el problema es que un año de estos os visite el Dr. Alzheimer y, aun teniendo triunfante la entrepierna, se os olvide para qué sirve el arma reglamentaria”. No supe que decir. El fallo de ambas cabezas es al hombre, lo que al avión el fallo de ambos motores. Cuando ya me alejaba me gritó: “¡‘Conandante’: la mala noticia es que el tiempo vuela, la buena es que tú eres el piloto!” Ay, cuánto lamenté el no poder apagar incendios, como antes…