"Footprints in the sand"

"Footprints in the sand"

Aun tris estuve de titular este artículo “Huellas en la arena”, que es lo que más o menos significa “foodprints in the sand”. Pero resulta que este relato me lo regaló una británica –muy mal me debió de ver- en compensación por un vuelo en helicóptero que le hice sobre las playas de Málaga. Me lo regaló enmarcado y con lacito. “Ateo, gracias a Dios”, como dijo Luis Buñuel, todavía lo conservo en mi escritorio como recuerdo.
 “Abuelo, ¿qué pone aquí?”, me preguntó el otro día mi nieta. Lo releí y me gustó. Unido a que mi familia siempre me recrimina el que escriba en contra de los dioses, os lo transcribo a modo de mea culpa. Que nadie se ofenda ahora. Un sueño es un sueño. Y donde dice Dios puede decir Juan, Pepe, Luisa; un amigo es capaz de todo. 
 “Una noche un hombre soñó que caminaba a lo largo de la playa acompañado por Dios. Durante la caminata, muchas escenas de su vida se iban reflejando en el cielo. A medida que iban pasando las escenas él notaba que las huellas de sus pies quedaban impresas en la arena. A veces aparecían dos pares de huellas, a veces un par.
 Esto le preocupó. Sobre todo porque durante las escenas que reflejaban las etapas más tristes y aciagas de su vida, cuando se sentía más derrotado y alicaído, solo quedaban un par de huellas marcadas. 
 Entonces le dijo a Dios: ‘Señor, tú me prometiste que si te seguía, caminarías siempre a mi lado. Sin embargo he notado que durante los momentos más difíciles de mi vida solamente hay un par de huellas en la arena. ¿Por qué cuando te necesité, no caminaste a mi lado?’
 Dios le respondió: ‘Cuando has visto sólo un par de huellas en la arena, hijo mío, es porque yo te llevaba en mis brazos”.
 Ahora ponedle contras. Pros le sobran. 
 Y otrosí digo: Yo no niego que exista un dios. Lo que sostengo es que si existe, no es ninguno de estos que nos hemos inventado a nuestra imagen y alucinación: Una civilización un dios, no es nada que me convenza. Y esto es así, basta con releer la historia. Y menos aún un dios verdadero, que premia con un cielo absurdo y reprende con un castigo físico. Ni para profesor daría su currículum. Y en esta tesitura están todas las religiones monoteístas. 
 Yo me inclino más por Atón, el dios sol de los egipcios; o por aquellos dioses cachondos del Olimpo, de griegos y romanos. O por el Arahitogami, es palabra japonesa que significa ‘un dios que es ser humano’ y que se aplica al emperador nipón; al menos podría cantarle las cuarenta. Pero si tuviera que postrarme ante alguien, lo haría ante la imaginería de las cuevas de Altamira; al fin y al cabo aquella civilización duró dieciocho mil años. 
 Los dioses de hoy en día, a excepción de Yahveh, el eternamente enojado, solo llevan en la imaginación de los mortales unos cientos de años. Y, a tenor de sus obras, ya son más que suficientes para denostarlos. 
 Yo, como Calisto, que se declaraba melibeo: “Melibeo soy, y a Melibea adoro, y en Melibea creo, y a Melibea amo”, soy más de creer en las mujeres. Que también, manda carallo.