Al filo de la cordura

Al filo de la cordura

Vigo. Octubre. Dolor crepuscular. Anoche pasaron en tropel las primeras isobaras del otoño. Lluvias oblicuas. Galernas íntimas. Tristeza enraizada en la hojarasca. Las estrellas, que al ocaso se escondían asustadas tras el cielo hostil, reaparecen ahora temblorosas en el turbio alborear. Allá, al fondo, de colosales cetáceos, insinúase el cardumen endrino de las Cíes.
 He pasado la noche tumbado en el sofá.
 Escrutando el reloj.
 Implorando al smartphone.
 Esperando… 
 ¿Esperando qué?
 ¡Dios mío, esperando un milagro! 
 Atención, monstruos trabajando. Me acosan. Se mofan. Hurgan en las alcantarillas de mi nostalgia. El vértigo de una espera sin sentido me empuja hacia el abismo. Se fue y mira. Mira como ando. Ando por la hora del triángulo de las Bermudas. Al filo de la demencia: ‘¿Cómo vienes tan perfumada? ¿Por qué has tardado tanto? ¿Quién te manda mensajes a estas horas? ¿Por qué estás tan susceptible, tan callada, tan distante, tan… así?’ Lo que nunca pude reprocharle mientras compartimos nuestras vidas, me sirve ahora de pretexto para poder imaginarla como una mujer común. Para poder perdonarle el que me haya hecho tan feliz. Será estúpido. Pero olvidar a quien me llenó de recuerdos es imposible. 
Nos conocimos en la universidad, haciendo unas fotocopias. Nos casamos a los mil besos, hace veintitrés años. Quise hacer las cosas bien: la boda en la Colegiata, la comida en El Castillo, las familias de mutuo acuerdo. Más vigueses imposible. Y lo que ni siquiera han podido vislumbrar en todo su Hollywood Angelina Jolie y Brad Pitt es que nos amamos hasta el último segundo. 
Vuelve. 
Vuelve. 
Vuelve. 
La alcoba todavía huele a ti…, clamo. ¿Seré imbécil?, su ausencia jamás se podrá solucionar en una cama. 
Perdona la hora. Disculpa mi pena. El gallo madruguero, indeseable, me hace todavía más tozudo: Nunca la podré negar. Dos hijos me dejó como regalo. Ellos serán testigos de lo que escribo. Un saludo.
Todo esto que antecede me lo mandó mi amigo Gustavo en un WhatsApp, con otras palabras más hermosas que quedarán para siempre en mi recuerdo. 
A mi amigo se le murió su esposa hace tres meses. A mí se me murió mi amiga de la muerte.
Yolanda, eternamente.