Femeninas y epitalamio

Femeninas y epitalamio

El presidente de la fábrica de conservas fundamentaba el nombramiento de la nueva jefa de departamento con este alegato: “Las mujeres son mejores motivadoras y tutoras de proyectos que los hombres, consiguen superiores resultados, tienen mayor sensibilidad, son más empáticas, más intuitivas, más ordenadas, tienden a consensuar, son capaces de manejar varios temas a la vez, y, a la postre, sus empleados y empleadas –y recalcó “y empleadas” tendiendo la vista hacia el abarrotado salón de conferencias- terminan ganando más dinero. Todos los presentes prorrumpieron en una ovación cerrada y espontánea. Tenía pensado añadir que había que acabar de una vez con el mito de la abeja reina, que quiere exterminar de inmediato a sus empleadas zánganas, pero prefirió callar. El presidente (hombre tenía que ser) era un falsario. Había amañado el resultado del sufragio: En una votación secreta realizada días antes, los empleados de la fábrica (97 % mujeres) habían elegido a un hombre para ese cargo.     
La jefa de departamento era una fémina alfa, una tipa de altas prestaciones y bajo perfil moral, una ejecutiva sin complejos acostumbrada a tomar decisiones arriesgadas. Por eso invitó a cenar al nuevo becario. Por eso le exigió que llamase por teléfono a su casa y avisase que esa noche no iría a dormir. Pero el becario era de Marte, un milenial asustadizo y timorato, y no supo articular patraña cuando le contestó su progenitora. Por eso hablaron las de Venus, empoderadas y empáticas: “Hola, soy la madre de Borja, un amigo de tu hijo… no, no ha pasado nada, está perfectamente, es que están repasando juntos biología marina para el examen final, y como ya se hizo tarde se queda a dormir en mi casa... no te preocupes, tengo cepillo de dientes… sí, sí, ya me encargaré de que se vaya pronto a la cama, te lo prometo”.   
Nada más colgar la madre del becario supo que aquella mujer cumpliría su promesa, pero no dejaría pegar ojo en toda la a noche a su retoño; que lo tendría estudiando anatomía humana hasta el amanecer y que lo pervertiría en un aquelarre de hechizos, caricias y besos; quien quita que no llegaran hasta el osculum infame. Aquella mujer no era la mamá de ningún Borja, sino una “cougart” cuarentona a la que le gustaba la carne fresca, vuelta y vuelta. Sabía que le pirraban los “chicos juguete”, poco hechos, casi impúberes: “dile a tu madre que deje de tratarte como a un niño: si tienes edad para conducir, es que ya te estás haciendo viejo”. Lo sabía porque ella era una mujer intuitiva, ordenada, madre soltera y feminista: “robar un beso es delito”, le había inculcado a su hijo, y muy comprometida con la igualdad de género. Por eso le revisaba al chico todos los wasaps que le enviaba aquel súcubo que lo llevaba por el camino de la perdición. Como en la policía no le aceptaron lo de secuestro ni corrupción de menores, la denunció por abuso de poder.  
Detrás de las mujeres siempre están ellas mismas. Este sería epitalamio (historia de desamores). Pero como ya no hay espacio, leeros el de Valle Inclán.