El yonqui

Todavía veo a aquel hombre colgando en el acantilado. Tiene la cara abotargada y los ojos resacosos. Macilento, enjuto, su ropa ondea alrededor de su espinazo como una bandera enrollada en un mástil.
 Acerco más el helicóptero. Huelo su angustia. Percibo su temblor. Lleva en una mano un cuchillo y en la otra el cuerpo del delito. El vigilante que me acompaña, cámara en ristre, buscando el mejor ángulo para inmortalizarlo in fraganti, le dispara con el teleobjetivo. Me pide que aterricemos lo más cerca posible. Yo le hago saber que es arriesgado, que no puedo apoyar las ruedas del tren de aterrizaje en aquellas rocas tan abruptas. Él insiste. “No podemos permitir que se nos escape”, me involucra.
 El crepitar de la turbina, el cataclismo de las aspas, la tolvanera que se genera alrededor del fugitivo aturden mi conciencia: “Este tipo no es peor que yo”, me digo. Aplico una ligera presión sobre el cíclico y el “Alouette III” pica hacia abajo escandaloso. Demasiada alharaca. Demasiado despliegue de fuerzas. Es como matar moscas a cañonazos. Hago un tres seis cero alrededor de los rompientes, como buscando un lugar apropiado donde aterrizar. Lo que pretendo es darle tiempo a aquel pobre hombre para que huya. No vamos a rescatarlo, vamos a denunciarlo. Y eso me avergüenza, como el hecho de pertenecer al bando de los buenos. 
 Aterrizo en una playa próxima. Por radiofrecuencia el funcionario que me acompaña se comunica con el Nissan Patrol de la Guardia Civil. Acuden ipso facto. Lo acorralan. Lo desarman. Después caminan hacia nosotros con el detenido en medio, zombi, ausente, cabizbajo. “Silencios de goma oscura/ y miedos de fina arena”, bisbiseo a García Lorca. 
 Apago el helicóptero. La pareja me saluda con el orgullo del deber cumplido. Le toma declaración al malhechor. Tiene las venas tachonadas de costras, los dientes carcomidos, la mente en llamas. Enseguida me percato de que su realidad es un delirio. El síndrome de abstinencia lo fuerza a intercambiar percebes por heroína. Lo cachean. Desertor de descampados y barriadas, su kit de supervivencia es una jeringuilla, un limón y una cuchara. Tiene el mismo índice de mortalidad de las moscas. 
 El furtivismo es una constante en todas las serranías, pero entre las rocas no hay leyenda, ni visores nocturnos, ni armas prohibidas. Solo hay reumas, resbalones y rasguños. El furtivismo, como patrimonio de los parias, debería estar permitido: allá donde pones el ojo pon la mano. Mano sangrante. De seropositivo. A estos hombres hasta Dios les habla en morse. 
 Despego. Ya en aire, desde la lancha que patrulla la costa hasta las 12 millas, llegan por la emisora las felicitaciones por el decomiso. Rimbombancia fraseológica. “Recibido”, “Afirmativo”, “Enhorabuena, corto y fuera”. Honores de VHF y onda mala. 
 Esto ocurría en los años noventa. Entonces trabajaba para la Consejería de Montes, Pesca y Medio Ambiente del Principado de Asturias. Operábamos desde el puerto del Musel. Aún recuerdo una pintada en una calle de Gijón: “Heroína y policía, la misma porquería”. Hay veces que me avergüenzo de lo que tuve que hacer para ganar el sustento.